La controversia pelagiana
A comienzos del siglo V, Pelagio y su discípulo Celestio difundieron una interpretación de la vida cristiana que concedía a la libertad humana un papel decisivo en la lucha contra el pecado. La controversia no trataba solo sobre la disciplina moral, sino sobre cuestiones fundamentales de la fe: la herencia del pecado de Adán, la necesidad de la gracia de Cristo y la eficacia del bautismo.
Los adversarios de Pelagio consideraban insuficiente una concepción de la gracia entendida como simple enseñanza externa o como ayuda que facilitaba el cumplimiento de la ley. La Iglesia africana defendía que la gracia transforma interiormente al ser humano, sana su voluntad y le permite realizar obras verdaderamente buenas.
Celestio fue juzgado y condenado por los obispos de Cartago algunos años antes del concilio de 418. San Agustín describe aquel proceso y presenta a Celestio como un defensor de las doctrinas que posteriormente recibirían el nombre de pelagianismo.2
Las intervenciones de los papas Inocencio I y Zósimo
Los obispos africanos comunicaron sus decisiones al papa Inocencio I, quien apoyó la condena de las doctrinas pelagianas. Después de la muerte de Inocencio, Pelagio y Celestio intentaron obtener el reconocimiento de su ortodoxia ante el papa Zósimo.
Celestio acudió personalmente a Roma en 417 y presentó una profesión de fe que afirmaba las doctrinas cristianas fundamentales, desde la Trinidad hasta la resurrección de los muertos. Sus fórmulas, cuidadosamente redactadas, causaron inicialmente una impresión favorable. Zósimo pidió entonces a los obispos africanos que revisaran la condena o demostraran la herejía de Celestio ante él.1
La reacción africana condujo a nuevas reuniones episcopales. En una carta dirigida a Zósimo, los obispos solicitaron que no revocara las decisiones de Inocencio I mientras Pelagio y Celestio no confesaran claramente la necesidad de la gracia interior para todo pensamiento, palabra y acción buena.1
El 21 de marzo de 418, Zósimo comunicó que todavía no había pronunciado una decisión definitiva y remitió a África la documentación relativa a la controversia. En ese contexto tuvo lugar el concilio del 1 de mayo.1
