La Convocatoria
El Papa Urbano II convocó el Concilio de Clermont en Auvernia, Francia, para noviembre de 1095. La elección de Francia no fue casual; la recepción de Urbano en el país había sido muy entusiasta, y el fervor por la cruzada se había extendido a medida que el Papa viajaba desde Italia.
La Audiencia
El concilio se reunió en la Iglesia de Notre-Dame du Port,. Asistieron trece arzobispos, doscientos veinticinco obispos y más de noventa abades. Además, una gran cantidad de caballeros y personas de todas las condiciones acamparon en la llanura de Chantoin, al este de Clermont, entre el 18 y el 28 de noviembre de 1095. Miles de nobles y caballeros se congregaron para el concilio, lo que demostraba la magnitud del interés y la expectativa.
Las Decisiones y Decretos
El sínodo comenzó reiterando los Decretos Gregorianos contra la simonía (la compra o venta de cargos eclesiásticos), la investidura laica (la injerencia de laicos en el nombramiento de clérigos) y el matrimonio clerical. Estas medidas eran fundamentales para la reforma de la Iglesia que Urbano II, siguiendo los pasos de Gregorio VII, se había propuesto.
Un acto significativo fue la excomunión del rey Felipe de Francia por adulterio. Esta sentencia, que había estado pendiente durante meses, fue finalmente pronunciada en el concilio, lo que subraya la autoridad moral y disciplinaria que el papado ejercía sobre los monarcas seculares,.
La Proclamación de la Cruzada
Después de tratar los asuntos internos de la Iglesia, se abordó la «candente cuestión de Oriente». El Papa Urbano II se dirigió a la inmensa multitud congregada fuera de la iglesia. Usó sus «maravillosos dones de elocuencia» para describir la cautividad de la Ciudad Santa de Jerusalén, donde Cristo había sufrido y muerto, y la profanación del Santo Sepulcro y las iglesias cristianas por los sarracenos,.
En su discurso, Urbano II instó a los presentes a volver sus armas, que antes habían usado contra sus hermanos, contra los enemigos de la fe cristiana. Hizo un llamado a aquellos que eran «opresores de huérfanos y viudas, asesinos y violadores de iglesias, ladrones de la propiedad ajena, buitres atraídos por el olor de la batalla», a que se apresuraran, «si amaban sus almas, bajo su capitán Cristo al rescate de Sion». También destacó la situación de los cristianos en Oriente, que vivían bajo la opresión de los infieles, pagando tributos y anhelando la libertad.
Cuando el Papa terminó de hablar, un poderoso grito de «¡Deus lo volt!» (¡Dios lo quiere!) se levantó de la multitud,. El entusiasmo superó las expectativas más optimistas del Papa. Se decidió que un ejército de caballería e infantería marcharía para «rescatar Jerusalén y las Iglesias de Asia de los sarracenos».