La crisis posterior al Concilio de Nicea
El Concilio de Nicea, celebrado en el año 325, había confesado que el Hijo es «Dios verdadero de Dios verdadero» y consustancial al Padre. Sin embargo, la definición nicena no puso fin a las controversias doctrinales. Durante las décadas siguientes, diversos grupos intentaron sustituir o reinterpretar la fe de Nicea.
Entre ellos destacaron los arrianos, que negaban la plena divinidad del Hijo; los semiarrianos, que aceptaban una semejanza entre el Padre y el Hijo, pero rechazaban la consustancialidad; y los macedonianos, también llamados pneumatómacos, que negaban la divinidad del Espíritu Santo. El Concilio de Constantinopla I afrontó principalmente esta última controversia, aunque también condenó diversas formas de arrianismo y el apolinarismo.1
La situación de Constantinopla
Constantinopla había adquirido una importancia política extraordinaria desde que se convirtió en residencia imperial. Esa relevancia favoreció también el crecimiento de su importancia eclesiástica. En el año 381, la ciudad todavía no poseía el rango patriarcal plenamente configurado que tendría después, pero ya aspiraba a ocupar un lugar destacado entre las grandes sedes episcopales.
El emperador Teodosio I promovió la restauración de la fe nicena en la capital. La comunidad católica de Constantinopla había sufrido durante años la influencia de obispos arrianos y de otras corrientes contrarias a Nicea. Teodosio expulsó al obispo arriano Demófilo y favoreció la instalación de san Gregorio Nacianceno como obispo de la ciudad.2



