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Concilio de Constantinopla I

El Concilio de Constantinopla I, celebrado en el año 381, fue el segundo concilio ecuménico de la Iglesia católica. Convocado por el emperador Teodosio I para restablecer la unidad doctrinal y eclesial en Oriente, confirmó la fe de Nicea, rechazó el arrianismo y otras doctrinas trinitarias, y ofreció una formulación decisiva sobre la divinidad del Espíritu Santo. Su carácter ecuménico no quedó plenamente establecido desde el comienzo: la Iglesia universal lo reconoció gradualmente, especialmente mediante la recepción de su doctrina en el Concilio de Calcedonia y mediante la posterior aprobación pontificia.

Homilies of Gregory the Theologian gr. 510, f 723
Ver información de la imagenHomilías de Gregorio el Teólogo gr. 510, f 723. Biblioteca Nacional de Francia, autor anónimo, Dominio Público. 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreConcilio de Constantinopla I
CategoríaEvento
DescripciónDefinió la divinidad del Espíritu Santo y completó la doctrina trinitaria iniciada en Nicea
ReferenciasSímbolo nicenoconstantinopolitano y cánones del concilio
Contexto HistóricoCrisis doctrinal posterior a Nicea con arrianismo, semiarrianismo y macedonianismo en Oriente
Enseñanzas PrincipalesConfirmó la fe nicena; condenó arrianismo, macedonianismo y apolinarismo; afirmó la divinidad del Espíritu Santo
Fecha de Celebración381
ImportanciaFundamental para la teología trinitaria y eclesiológica; estableció precedencia honorífica de Constantinopla
Organizador
  • Teodosio I
  • Papa Dámaso I
  • Papa León Magno
  • Papa Gregorio Magno
Personas relacionadasEmperador Teodosio I
Testigos
TipoConcilio, Concilio ecuménico, Segundo concilio ecuménico
UbicaciónConstantinopla

Tabla de contenido

Contexto histórico

La crisis posterior al Concilio de Nicea

El Concilio de Nicea, celebrado en el año 325, había confesado que el Hijo es «Dios verdadero de Dios verdadero» y consustancial al Padre. Sin embargo, la definición nicena no puso fin a las controversias doctrinales. Durante las décadas siguientes, diversos grupos intentaron sustituir o reinterpretar la fe de Nicea.

Entre ellos destacaron los arrianos, que negaban la plena divinidad del Hijo; los semiarrianos, que aceptaban una semejanza entre el Padre y el Hijo, pero rechazaban la consustancialidad; y los macedonianos, también llamados pneumatómacos, que negaban la divinidad del Espíritu Santo. El Concilio de Constantinopla I afrontó principalmente esta última controversia, aunque también condenó diversas formas de arrianismo y el apolinarismo.1

La situación de Constantinopla

Constantinopla había adquirido una importancia política extraordinaria desde que se convirtió en residencia imperial. Esa relevancia favoreció también el crecimiento de su importancia eclesiástica. En el año 381, la ciudad todavía no poseía el rango patriarcal plenamente configurado que tendría después, pero ya aspiraba a ocupar un lugar destacado entre las grandes sedes episcopales.

El emperador Teodosio I promovió la restauración de la fe nicena en la capital. La comunidad católica de Constantinopla había sufrido durante años la influencia de obispos arrianos y de otras corrientes contrarias a Nicea. Teodosio expulsó al obispo arriano Demófilo y favoreció la instalación de san Gregorio Nacianceno como obispo de la ciudad.2

Convocatoria y finalidad

Teodosio I convocó el concilio en Constantinopla en mayo del año 381. La asamblea perseguía varios objetivos:

  • Restablecer un obispo católico en la sede de Constantinopla.
  • Confirmar la fe definida en Nicea.
  • Promover la reconciliación de grupos semiarrianos con la Iglesia.
  • Condenar el macedonianismo, que negaba la divinidad del Espíritu Santo.
  • Resolver cuestiones disciplinares y jurisdiccionales entre las Iglesias de Oriente.1

La iniciativa de la convocatoria perteneció al emperador y respondió principalmente a la situación de las Iglesias orientales. El concilio no nació, por tanto, como una asamblea universal convocada desde el principio con una participación representativa de toda la Iglesia.

Participantes y presidencia

Participaron aproximadamente ciento cincuenta obispos católicos, junto con unos treinta y seis obispos vinculados a posiciones semiarrianas o macedonianas. La mayoría procedía de las Iglesias orientales.1

El concilio estuvo presidido inicialmente por san Melecio de Antioquía. Tras su muerte, asumió la presidencia san Gregorio Nacianceno y, posteriormente, Nectario de Constantinopla. La sucesión de presidentes reflejó las dificultades políticas y eclesiales que acompañaron a la asamblea.1

La confirmación de san Gregorio como obispo de Constantinopla constituyó una de las primeras decisiones del concilio. Sin embargo, su posición encontró oposición, especialmente por la controversia acerca de su traslado desde otra sede y por la rivalidad entre distintas facciones episcopales. Finalmente, Gregorio renunció a la sede y Nectario ocupó su lugar.2

La relación con la Sede Apostólica

Ausencia de legados papales

El papa san Dámaso I no asistió personalmente al concilio y tampoco envió legados que representaran formalmente a la Sede Apostólica durante las sesiones. Este dato resulta esencial para comprender el estatuto inicial de la asamblea.

Constantinopla I fue, en su origen, un sínodo oriental convocado por el emperador Teodosio. No contó desde el comienzo con la forma habitual de un concilio universal presidido por el papa o por sus legados. La tradición histórica que atribuía la convocatoria al papa Dámaso carece de fundamento suficiente; la convocatoria correspondió al emperador.1

La ausencia de legados romanos no significa que la Sede Apostólica permaneciera indiferente ante la crisis doctrinal. El papa Dámaso defendió la fe nicena y mantuvo relaciones con los obispos orientales. Sin embargo, el sínodo de 381 no recibió inicialmente una aprobación pontificia que le otorgara de modo inmediato el rango universal.

Recepción progresiva

La carta enviada en el año 382 por el sínodo de Constantinopla a papa Dámaso constituye un momento importante en la recepción del concilio. Esa carta presentó la unidad doctrinal alcanzada y expuso las decisiones adoptadas. El sínodo de 382 describió por primera vez a la asamblea de 381 como ecuménica, aunque tal denominación todavía no expresaba una recepción universal consolidada.3

La tradición latina y la Sede Apostólica recibieron con especial valoración la doctrina trinitaria del concilio, pero no aceptaron necesariamente todas sus disposiciones disciplinares. El papa san León Magno y, posteriormente, san Gregorio Magno no reconocieron los cánones disciplinares de Constantinopla I con el mismo alcance que la profesión de fe.4

Por ello conviene distinguir dos aspectos:

  1. La recepción doctrinal, centrada en la confirmación de Nicea y en la confesión de la divinidad del Espíritu Santo.
  2. La recepción disciplinar y jurisdiccional, especialmente problemática en relación con el canon tercero.

El reconocimiento ecuménico de Constantinopla I fue, en consecuencia, un proceso gradual de recepción por parte de las Iglesias, no una condición jurídica plenamente otorgada desde la apertura de las sesiones. El Concilio de Calcedonia, en el año 451, desempeñó un papel decisivo en la recepción de su símbolo de fe. Más tarde, el papa Hormisdas reconoció Constantinopla I como el segundo concilio ecuménico después de Nicea.3

La doctrina trinitaria

Confirmación de la fe de Nicea

La carta sinodal dirigida al emperador Teodosio declara que los obispos reunidos ratificaron la fe de los Padres de Nicea y condenaron las herejías surgidas contra ella. La finalidad doctrinal del concilio consistió, por tanto, en defender la continuidad con Nicea y en precisar sus consecuencias frente a nuevas controversias.5

El concilio mantuvo la confesión de que el Hijo es eternamente engendrado por el Padre, verdadero Dios y consustancial al Padre. También afirmó la realidad de la encarnación, la muerte, la resurrección, la ascensión y el retorno glorioso de Jesucristo.6

La divinidad del Espíritu Santo

La aportación teológica más característica de Constantinopla I corresponde a la doctrina sobre el Espíritu Santo. El símbolo atribuido a Constantinopla lo proclama:

  • Señor.
  • Dador de vida.
  • Procedente del Padre.
  • Digno de recibir, junto con el Padre y el Hijo, la misma adoración y glorificación.
  • Autor de la inspiración profética.

Esta formulación afirma que el Espíritu Santo pertenece plenamente al misterio de Dios y no constituye una criatura superior ni una fuerza subordinada. La igualdad de adoración y gloria con el Padre y el Hijo expresa su plena divinidad.6

El concilio no explicó mediante categorías filosóficas el modo exacto de la procesión del Espíritu Santo. Su propósito fue confesar la fe de la Iglesia y rechazar la negación de la divinidad del Espíritu, no elaborar una teoría exhaustiva sobre la vida interna de la Trinidad.7

El Credo de Nicea y el símbolo atribuido a Constantinopla

Diferencia entre ambos textos

Conviene distinguir con precisión:

  • El Credo de Nicea, promulgado por el Concilio de Nicea en el año 325.
  • El símbolo conocido tradicionalmente como niceno-constantinopolitano, utilizado actualmente en la liturgia.

El texto de 381 conserva la estructura fundamental de Nicea, pero amplía notablemente la sección dedicada al Espíritu Santo, a la Iglesia, al bautismo, a la resurrección y a la vida eterna. El símbolo litúrgico actual no constituye una simple transcripción literal del texto promulgado en Nicea.6

La cuestión de la autoría

La tradición atribuyó durante siglos el símbolo actual a los obispos reunidos en Constantinopla. La investigación histórica ha planteado, sin embargo, que la fórmula pudo proceder de una tradición bautismal anterior, posiblemente vinculada a Jerusalén, que habría incorporado elementos nicenos y recibido una autoridad especial mediante su uso conciliar.

Una hipótesis relaciona su formulación con san Cirilo de Jerusalén y sitúa su composición en las décadas anteriores al año 381. La documentación conservada no permite presentar con seguridad a los obispos de Constantinopla como autores materiales de cada una de sus frases. La relación exacta entre la fórmula previa y la recepción conciliar continúa siendo objeto de estudio.1

Por ello, resulta más preciso hablar del símbolo niceno-constantinopolitano o del símbolo atribuido tradicionalmente a Constantinopla, sin afirmar que los obispos reunidos en 381 redactaron directamente el texto litúrgico actual en su forma definitiva.

Recepción en los concilios posteriores

El símbolo fue recitado y aceptado en el Concilio de Calcedonia, celebrado en el año 451. Esa recepción contribuyó decisivamente a vincularlo con Constantinopla y a consolidar su autoridad en la Iglesia universal. También fue reconocido en el Concilio de Constantinopla III, celebrado en el año 680.1

La Iglesia latina incorporó posteriormente esta profesión de fe a la liturgia eucarística. La doctrina trinitaria expresada por el símbolo pertenece al patrimonio común de las Iglesias católica y ortodoxa, aunque existen diferencias posteriores acerca de la cláusula Filioque.

Los cánones disciplinares

Canon primero: condena de las herejías

El primer canon condenó diversas formas de arrianismo, el macedonianismo y el apolinarismo. Su finalidad consistió en proteger la fe trinitaria y cristológica recibida de la tradición nicena.1

Canon segundo: límites jurisdiccionales

El segundo canon reafirmó la necesidad de respetar los límites territoriales de las diócesis y de las grandes circunscripciones eclesiásticas. Ningún obispo debía intervenir arbitrariamente en asuntos pertenecientes a otra región eclesial. La norma pretendía contener las rivalidades entre sedes y evitar injerencias que agravaran la inestabilidad de las Iglesias orientales.1

Canon tercero: Constantinopla y Roma

El canon tercero estableció que el obispo de Constantinopla tendría una precedencia honorífica inmediatamente posterior a la del obispo de Roma, porque Constantinopla era considerada la «Nueva Roma».1

La disposición introducía un criterio relacionado con la importancia política de las ciudades imperiales. Roma conservaba el primer lugar, mientras que Constantinopla recibía una precedencia superior a la de otras sedes orientales por su condición de capital imperial.

La Sede Apostólica no aceptó este canon como fundamento de una jurisdicción universal de Constantinopla. Los papas rechazaron que la dignidad eclesial de una sede dependiera simplemente del rango civil de la ciudad. Al mismo tiempo, las Iglesias orientales fueron aceptando progresivamente la primacía honorífica de Constantinopla dentro de la estructura eclesial del Oriente romano.8

Canon cuarto: la controversia de Máximo

El canon cuarto declaró inválida la consagración de Máximo el Cínico como obispo de Constantinopla. Máximo había rivalizado con san Gregorio Nacianceno por la posesión de la sede. El concilio rechazó su ordenación y confirmó la necesidad de resolver legítimamente la sucesión episcopal.1

Los cánones quinto, sexto y séptimo

La tradición manuscrita presenta diferencias acerca del número de cánones atribuidos al concilio. Las versiones griegas transmitieron siete cánones, mientras que las versiones latinas más antiguas conservaron solo cuatro. La investigación histórica considera que los cánones quinto y sexto pertenecen al sínodo celebrado en Constantinopla en el año 382, y que el séptimo fue incorporado posteriormente.3

Esta cuestión explica por qué diversas colecciones canónicas presentan una numeración distinta. El contenido de esos textos posee relevancia para la recepción de herejes y para el procedimiento de acusación contra obispos y clérigos, pero no todos proceden directamente de las sesiones de 381.3

Importancia teológica

Desarrollo de la doctrina trinitaria

Constantinopla I completó la formulación doctrinal iniciada en Nicea. Nicea había defendido principalmente la plena divinidad del Hijo frente al arrianismo. Constantinopla aplicó la misma lógica de la fe trinitaria al Espíritu Santo, confesando su divinidad, su acción vivificante y su igualdad en la adoración con el Padre y el Hijo.

La Iglesia recibió así una expresión más completa de la fe en el Dios único que existe eternamente como Padre, Hijo y Espíritu Santo. El concilio no propuso tres dioses ni tres principios independientes, sino un único Dios en la unidad de la naturaleza divina y en la distinción real de las personas.

Importancia cristológica

El concilio también rechazó el apolinarismo, doctrina que atribuía a Cristo una humanidad incompleta. La condena protegía la fe en la verdadera encarnación: el Hijo de Dios asumió plenamente la naturaleza humana, no solo un cuerpo humano privado de alma racional.

La afirmación de la plena humanidad de Cristo resulta inseparable de la salvación cristiana. Lo que no ha sido asumido por el Verbo no puede ser sanado ni redimido. Aunque el concilio centró su atención en la cuestión trinitaria, sus decisiones contribuyeron también a preparar la definición cristológica posterior de Éfeso y Calcedonia.

Importancia eclesiológica

El concilio ofrece un ejemplo histórico de la compleja relación entre:

  • La autoridad imperial.
  • La autoridad de los obispos.
  • La primacía de la Sede Apostólica.
  • Las tradiciones propias de las Iglesias orientales.
  • La recepción progresiva de las decisiones conciliares por toda la Iglesia.

La asamblea alcanzó una importancia universal mediante un proceso histórico compuesto por varias etapas: la aceptación de su doctrina en Oriente, la comunicación con Roma, la recepción de su símbolo en Calcedonia y el posterior reconocimiento pontificio de su condición ecuménica.3,4

La ecumenicidad del concilio

Constantinopla I figura hoy entre los veintiún concilios ecuménicos de la Iglesia católica. Sin embargo, su ecumenicidad no debe proyectarse retrospectivamente como si hubiera constituido desde el primer día un concilio universal en sentido plenamente reconocido.

La asamblea comenzó como un sínodo predominantemente oriental, convocado por el emperador y sin legados papales. Su autoridad universal creció a través de la recepción eclesial. La carta del sínodo de 382 a papa Dámaso, la recepción del símbolo en Calcedonia y la posterior aceptación por los papas desempeñaron un papel determinante.3,4

La historia del concilio muestra que la ecumenicidad implica no solo la reunión de obispos de distintas regiones, sino también la recepción de sus decisiones por la Iglesia universal y su integración en la continuidad de la fe apostólica.

Legado litúrgico

El símbolo niceno-constantinopolitano se convirtió en una de las profesiones de fe más importantes de la cristiandad. La Iglesia católica lo proclama habitualmente en la misa dominical y en determinadas solemnidades.

Su contenido resume las principales verdades de la fe cristiana:

  • Un solo Dios, creador de todo.
  • Jesucristo, Hijo eterno y consustancial al Padre.
  • La encarnación, muerte, resurrección y glorificación del Señor.
  • El Espíritu Santo, Señor y dador de vida.
  • La Iglesia una, santa, católica y apostólica.
  • El único bautismo para el perdón de los pecados.
  • La resurrección de los muertos.
  • La vida del mundo futuro.6

Valor histórico y doctrinal

El Concilio de Constantinopla I ocupa un lugar central en la historia de la doctrina católica. Su importancia no deriva solo de la promulgación de una fórmula de fe, sino de la recepción progresiva de una verdad que la Iglesia ya había confesado en su vida litúrgica y en su tradición: el Espíritu Santo es verdaderamente Dios y participa plenamente de la gloria del Padre y del Hijo.

Junto con Nicea, el concilio estableció los fundamentos de la doctrina trinitaria clásica. Su legado alcanzó a los concilios posteriores, a la liturgia, a la teología sacramental y a la comprensión cristiana de la Iglesia como comunidad nacida de la acción del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Citas y referencias

  1. Primer concilio de Constantinopla. Enciclopedia Católica, Primer Concilio de Constantinopla (1913). 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11
  2. San Gregorio Nacianceno. Enciclopedia Católica, San Gregorio Nacianceno (1913). 2
  3. Constantinopla I, Edward G. Farrugia. Diccionario enciclopédico del Oriente cristiano, Constantinopla I (2015). 2 3 4 5 6
  4. Concilios generales. Enciclopedia Católica, Concilios Generales (1913). 2 3
  5. Primer concilio de Constantinopla (a. d. 381) - Carta del mismo sagrado sínodo al más piadoso emperador Teodosio el Grande, a la que se añaden los cánones promulgados por ellos, Documento conciliar. Primer Concilio de Constantinopla (a. d. 381), Carta del mismo sagrado sínodo al más piadoso emperador Teodosio el Grande, a la que se añaden los Cánones promulgados por ellos (381).
  6. Primer concilio de Constantinopla (a. d. 381) - Credo, Documento conciliar. Primer Concilio de Constantinopla (a. d. 381), Credo (381). 2 3 4
  7. A. Aranda. Misterio trinitario, misterio de amor, 34 (1984).
  8. Iglesia griega. Enciclopedia Católica, Iglesia Griega (1913).
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