La Iglesia del siglo IV se encontraba en un periodo de intensa controversia teológica, particularmente en torno a la naturaleza de la Santísima Trinidad1. Aunque el Primer Concilio de Nicea en el 325 d.C. había establecido la divinidad de Jesucristo y su consustancialidad con el Padre, las disputas no cesaron. El arrianismo, que negaba la plena divinidad del Hijo, y el macedonianismo (también conocido como pneumatómacos), que cuestionaba la divinidad del Espíritu Santo, persistían como amenazas significativas a la unidad doctrinal de la Iglesia1,2. Estas herejías causaban divisiones y conflictos, especialmente en las provincias orientales del Imperio Romano.
Preocupado por la estabilidad y la unidad tanto del imperio como de la Iglesia, el emperador Teodosio I tomó la iniciativa de convocar un concilio1,3. En el año 380 d.C., había proclamado el Edicto de Tesalónica, que hacía del cristianismo niceno la religión oficial del Estado, sentando las bases para una mayor unificación religiosa. La convocatoria del concilio, realizada entre finales del 380 y principios del 381, buscaba resolver estas controversias doctrinales y establecer una disciplina eclesiástica uniforme2.

