El Concilio de Constantinopla II fue convocado por el emperador Justiniano I en un intento por lograr la unidad religiosa dentro de su imperio y resolver las continuas disputas cristológicas1. Estas disputas, que se habían arrastrado desde el Concilio de Calcedonia (451 d.C.), estaban centradas en la correcta comprensión de la persona de Jesucristo. Aunque Calcedonia había definido las dos naturalezas (divina y humana) en Cristo, subsistiendo en una sola persona, los monofisitas seguían rechazando esta fórmula, argumentando que en Cristo solo había una naturaleza divina. Por otro lado, resurgían tendencias nestorianas que parecían separar demasiado las dos naturalezas, lo que llevó a nuevas controversias2.
Para abordar estas cuestiones, Justiniano se convenció de que el nestorianismo seguía extrayendo fuerza de los escritos de Teodoro de Mopsuestia, Teodoreto de Ciro e Ibas de Edesa1. Estos escritos, conocidos colectivamente como los Tres Capítulos, fueron considerados problemáticos por el emperador, quien buscaba su condena para apaciguar a los monofisitas y así reunificar la Iglesia3.
El emperador emitió un edicto en el año 543 d.C. contra el origenismo y luego, en 551 d.C., publicó su edicto conocido como Homologia tes pisteos, en el que condenaba nuevamente los Tres Capítulos1. La intención de Justiniano era que esta condena fuera ratificada por un concilio general1.
El Papa Vigilio se encontraba forzosamente en Constantinopla desde el 25 de enero de 547 d.C.1. Aunque inicialmente se mostró reticente a participar en la condena de los Tres Capítulos debido a preocupaciones sobre la autoridad del Concilio de Calcedonia y la posible injerencia imperial en asuntos eclesiásticos1, finalmente cedió. Vigilio propuso que el concilio se celebrara en Italia o Sicilia para asegurar la asistencia de obispos occidentales, pero Justiniano no estuvo de acuerdo. Ante la negativa del emperador, quien abrió el concilio por su propia autoridad el 5 de mayo de 553 d.C., Vigilio se negó a participar, citando la desproporcionada mayoría de obispos orientales y el temor a la violencia1.

