Después del Concilio de Calcedonia (451), que definió a Cristo como una persona con dos naturalezas, divina y humana, la controversia cristológica continuó con el surgimiento del monofisismo, que sostenía que Cristo tenía una sola naturaleza. Los intentos por lograr la paz entre los calcedonianos y los monofisitas, como el Segundo Concilio de Constantinopla (553), resultaron infructuosos a pesar de sus esfuerzos por interpretar Calcedonia a través de la lente de San Cirilo de Alejandría1,2.
En el siglo VII, el emperador Heraclio (r. 610-641), tras recuperar territorios de los persas que eran bastiones monofisitas, vio la necesidad de una unión religiosa dentro del ampliado Imperio Bizantino1. Con su apoyo, el Patriarca Sergio de Constantinopla (r. 610-638) propuso una fórmula de compromiso: «una operación, una voluntad» (monoenergetismo y monotelismo). El Papa Honorio (r. 625-638), al recibir la propuesta de Sergio, rechazó hablar de «operaciones» pero avaló la fórmula de «solo una voluntad»1. San Máximo el Confesor explicó que Honorio se oponía a la fórmula de las dos voluntades no porque creyera que Cristo tenía una naturaleza humana incompleta, sino porque las entendía como «dos voluntades contrarias»1.
Esta estrategia inicial de imponer el silencio sobre el tema no logró la unidad deseada. Sergio, tras la respuesta papal, abandonó el monoenergetismo y vinculó la unidad de actividad en Cristo a su persona. En el Psephus de 633, Sergio prohibió hablar de una o dos «energías» (operaciones) o de dos voluntades en Cristo, proponiendo que era el mismo Señor Jesucristo quien realizaba acciones divinas y humanas, y que toda actividad humana procedía del Verbo encarnado sin división ni confusión1. Sin embargo, esta fórmula encontró la fuerte oposición del Patriarca San Sofronio de Jerusalén (r. 634-638) y de San Máximo el Confesor (m. 662)1.
Tras la muerte de Honorio en 638, el Ecthesis (una «Exposición de fe») prohibió cualquier discusión sobre una sola energía en Cristo, pero confesó una sola voluntad en Él, lo que supuso un cambio en la discusión de la unidad de operaciones a la unidad de la voluntad, imponiendo así el monotelismo1. Esta nueva estrategia imperial también fracasó ante la oposición ortodoxa1.
El emperador Constante II (r. 642-668), sucesor de Heraclio, en un intento de poner fin a la disputa, publicó el Typus en 648, que prohibía cualquier discusión sobre el tema1,3. En respuesta, el Sínodo de Letrán de 649, con la participación del Papa San Martín I (r. 649-655) y San Máximo el Confesor, condenó la fórmula de una sola voluntad en Cristo como herejía, oponiéndose a los intentos del emperador de resolver cuestiones teológicas por su cuenta1.
Con el avance del Islam y la pérdida de territorios bizantinos, la necesidad de consolidar la unidad política se volvió primordial1. El fracaso de las diversas fórmulas de compromiso y la creciente impopularidad de Constante II llevaron a su asesinato en 6681. En este contexto, el emperador Constantino IV Pogonato (r. 668-685) decidió convocar un nuevo concilio para establecer la doctrina correcta1.

