La década previa al Cuarto Concilio de Constantinopla estuvo marcada por una profunda crisis en la Iglesia de Constantinopla1. En el año 856, un cambio político en la capital bizantina llevó al exilio del Patriarca Ignacio, quien representaba la tradición monástica estricta2. Su lugar fue ocupado por Focio, un erudito laico que fue promovido rápidamente a la sede patriarcal2. Esta ascensión inusual, que incluyó la ordenación episcopal conferida por Gregorio Asbestas de Siracusa (cuyo caso estaba sub iudice), fue considerada irregular por Roma, especialmente porque Ignacio afirmó no haber presentado su renuncia2.
En 859, Focio depuso y anatematizó a Ignacio, una sanción que fue renovada en el Concilio de Constantinopla en abril de 861, con la aprobación de los legados del Papa Nicolás I2,3. Sin embargo, el archimandrita Teognosto apeló a Roma en nombre de Ignacio2,3. En respuesta, el Papa Nicolás I, en un sínodo romano en 863, declaró ilegítima la elección de Focio y lo excomulgó4,3.
La tensión entre Roma y Constantinopla se intensificó debido a la cuestión de Bulgaria, cuyo kan Boris fue evangelizado por misioneros latinos, lo que llevó a Focio a reaccionar enérgicamente2,4. En un sínodo convocado en Constantinopla en 867, Focio condenó las «novedades» de los misioneros latinos en Bulgaria, excomulgó al Papa Nicolás I y solicitó al emperador Ludovico II que lo depusiera4,5.
Sin embargo, en septiembre de 867, un golpe de estado en Constantinopla llevó al asesinato del emperador Miguel III y la ascensión de Basilio I el Macedonio2,4,3. Basilio I inmediatamente depuso a Focio y restauró a Ignacio en el patriarcado2,4,6. Tras la muerte de Nicolás I, su sucesor, el Papa Adriano II, confirmó la deposición de Focio y la restauración de Ignacio1,6. Tanto Ignacio como Basilio enviaron representantes a Roma solicitando la convocatoria de un concilio general para resolver la situación1.
