Al llegar a Jerusalén, Pablo y Bernabé fueron recibidos por la Iglesia, los apóstoles y los ancianos, y relataron todo lo que Dios había hecho con ellos. Sin embargo, algunos creyentes que anteriormente habían sido fariseos reiteraron la necesidad de que los gentiles se circuncidaran y observaran la Ley de Moisés.
Los apóstoles y los ancianos se reunieron para considerar este asunto. Después de un intenso debate, Pedro tomó la palabra y recordó cómo Dios, en los primeros días, había elegido que los gentiles escucharan el mensaje del Evangelio por su boca y creyeran. Testificó que Dios les había dado el Espíritu Santo, así como a los judíos, sin hacer distinción alguna, purificando sus corazones por la fe,. Pedro argumentó vehementemente contra imponer a los discípulos gentiles un yugo que ni sus antepasados ni ellos mismos habían podido soportar, afirmando que la salvación se obtiene por la gracia del Señor Jesús.
Después de Pedro, Bernabé y Pablo relataron las señales y prodigios que Dios había realizado entre los gentiles a través de ellos. Finalmente, Santiago, una de las «columnas» de la Iglesia madre, intervino. Apoyó el testimonio de Pedro, citando a los profetas para mostrar que Dios había previsto tomar un pueblo de entre los gentiles para su nombre,.
La Decisión del Concilio
La decisión de Santiago fue determinante. Propuso que no se molestara a los gentiles que se convertían a Dios, sino que se les escribiera para que se abstuvieran de cuatro cosas principales:
Estas prohibiciones, aunque no eran la Ley mosaica completa, fueron impuestas por motivos de caridad y unión. Eran prácticas consideradas especialmente abominables por los judíos, y su observancia era necesaria para evitar escandalizar a los hermanos judíos y facilitar la interacción entre ambos grupos de cristianos. La razón aducida por Santiago era que «desde generaciones pasadas, Moisés ha tenido en cada ciudad a quienes lo proclaman, pues se le lee en las sinagogas cada sábado». Las cuatro cosas prohibidas están severamente reguladas en Levítico 17-18, tanto para israelitas como para gentiles que viven entre ellos, lo que significaba que los cristianos judíos se escandalizarían si los gentiles convertidos no las observaban.
La asamblea, incluidos los apóstoles y los ancianos, con el consentimiento de toda la Iglesia, acordó esta resolución. Eligieron a Judas, llamado Barsabás, y a Silas, líderes entre los hermanos, para que acompañaran a Pablo y Bernabé a Antioquía con una carta apostólica,. La carta declaraba que había parecido bien al Espíritu Santo y a ellos no imponer ninguna otra carga a los gentiles que estas cosas necesarias.