Durante los siglos XI y XII, la Iglesia afrontó conflictos acerca de quién tenía autoridad para elegir y nombrar a obispos y abades. Los gobernantes laicos intervenían en ocasiones en esos nombramientos y entregaban símbolos propios de la autoridad eclesiástica. La práctica podía convertir los cargos de la Iglesia en instrumentos de intereses políticos y favorecer abusos como la simonía, es decir, la compra o venta de bienes espirituales o cargos eclesiásticos. La reforma gregoriana respondió a estos problemas defendiendo la libertad de la Iglesia y distinguiendo la autoridad espiritual de los poderes temporales.1,2,3
El conflicto entre el papado y el Imperio llegó a un acuerdo en el Concordato de Worms, firmado en septiembre de 1122 entre Calixto II y el emperador Enrique V. El emperador renunció a conferir a los obispos la investidura espiritual mediante el anillo y el báculo. A cambio, conservó una participación en ciertos aspectos temporales de las elecciones y en la concesión de los bienes vinculados a las sedes episcopales, con diferencias entre Alemania, Italia, Borgoña y los Estados Pontificios. El acuerdo reconoció así una distinción fundamental: la autoridad espiritual procedía de la Iglesia, aunque el ejercicio de responsabilidades eclesiásticas pudiera implicar también bienes y obligaciones temporales.4,2
El concilio ofreció una confirmación solemne de aquel acuerdo y abordó otras cuestiones de disciplina y gobierno eclesiástico. La separación entre investidura espiritual y atribuciones temporales no eliminó toda intervención de los gobernantes en los procesos de elección, pero limitó las pretensiones imperiales y fortaleció la autonomía de la Iglesia.1,4
