El pontificado de Alejandro III
Alejandro III ocupó la sede romana durante uno de los pontificados más conflictivos de la Edad Media. Su autoridad sufrió la oposición de varios antipapas vinculados al emperador Federico I Barbarroja. La prolongación del cisma debilitó la unidad visible de la Iglesia y produjo disputas sobre la legitimidad de las ordenaciones, los nombramientos episcopales y la administración de bienes eclesiásticos.
Tras la reconciliación de Juan de Struma, que había ejercido como antipapa con el nombre de Calixto III, todavía persistió una oposición residual. Otro pretendiente, Lando Sitino, adoptó el nombre de Inocencio III, aunque abandonó pronto su pretensión por falta de apoyo y terminó en el monasterio de La Cava.1
La paz alcanzada entre Alejandro III y Federico Barbarroja en Venecia favoreció la convocatoria de un concilio general. Alejandro III anunció la reunión en 1178 y envió legados a distintos territorios para preparar la participación de los obispos.1
La situación religiosa y política
El concilio afrontó dos problemas relacionados, aunque distintos:
- El cisma, que afectaba directamente a la constitución y al gobierno de la Iglesia.
- La disidencia religiosa y la violencia armada, especialmente en el sur de Francia.
En las regiones de Gascuña, Albi y Toulouse habían adquirido fuerza grupos identificados en los documentos latinos con varios nombres: cátaros, patarinos, publicanos y otras denominaciones. El canon 27 los presenta como una amenaza pública que atraía a personas sencillas y recibía apoyo social y militar.3
La identificación exacta de cada grupo exige cautela. Las fuentes medievales utilizaban con frecuencia nombres variables y categorías amplias. Por ello, no conviene tratar todos los movimientos religiosos contrarios a la jerarquía como si constituyeran una única organización perfectamente definida.
