El pontificado de Alejandro III (1159-1181) fue uno de los más desafiantes en la Edad Media, marcado por un prolongado cisma que involucró a varios antipapas, siendo el último de ellos Calixto III (Juan de Struma)1. Tras el retorno de Alejandro III a Roma en 1178 y la posterior sumisión de Calixto III en agosto de ese mismo año, se hizo evidente la necesidad de abordar los males causados por la división1. Aunque algunos partidarios intentaron establecer un nuevo antipapa, Lando Sitino (Inocencio III), su falta de apoyo lo llevó rápidamente al retiro1.
En septiembre de 1178, en conformidad con los acuerdos de la Paz de Venecia, el Papa Alejandro III convocó un concilio ecuménico en Letrán para la Cuaresma del año siguiente1. Este concilio, el undécimo de los concilios ecuménicos, tuvo como propósitos principales erradicar los remanentes del cisma, condenar la herejía valdense y restaurar la disciplina eclesiástica, que se había deteriorado considerablemente1,2.
