Tras la promulgación del Edicto de Milán en el 313 d.C., que otorgó libertad religiosa a los cristianos, surgieron una serie de problemas que amenazaron la paz del Imperio y la unidad de la Iglesia1. Entre estos, la controversia arriana fue la más significativa2.
La Herejía Arriana
La herejía arriana se originó con Arrio, un presbítero de Alejandría, quien sostenía que el Logos (Jesús, el Verbo de Dios) no era coeterno con el Padre, sino una criatura, aunque la primera y más perfecta de todas. Según Arrio, «hubo un tiempo en que él (el Logos) no existía», lo que implicaba que Jesús no era Dios por naturaleza, sino solo por gracia1. Esta enseñanza contradecía la creencia tradicional en la divinidad de Cristo y el monoteísmo cristiano1.
San Alejandro, obispo de Alejandría, convocó un concilio en Alejandría alrededor del 320 o 321 d.C., donde más de cien obispos de Egipto y Libia anatematizaron a Arrio2. Sin embargo, Arrio continuó difundiendo sus ideas, lo que llevó a un conflicto que se volvió incontrolable2.
Intervención Imperial
El emperador Constantino el Grande, después de unificar el Imperio en el 324 d.C., buscó restablecer la paz religiosa y el orden civil2. Inicialmente, el emperador no comprendía la magnitud de la controversia arriana y envió cartas a San Alejandro y a Arrio, instándolos a resolver sus disputas2. Sin embargo, los esfuerzos de su consejero religioso, Osio de Córdoba, para mediar en Alejandría fracasaron2.
Al darse cuenta de la gravedad de la situación, Constantino decidió convocar un concilio ecuménico, el primero de su tipo, para resolver los problemas que afligían a la Iglesia oriental1,2. El emperador invitó a obispos de todas las regiones a asistir a Nicea, en Bitinia (actual Iznik, Turquía)1,3.

