El Concilio de Pisa I no puede entenderse sin comprender la profunda crisis que fue el Cisma de Occidente, un período de la historia de la Iglesia que se extendió desde 1378 hasta 14171.
Orígenes del Cisma
El cisma comenzó tras la muerte del Papa Gregorio XI en 1378, quien había logrado devolver el papado a Roma después de casi 70 años de residencia en Aviñón, un período conocido como el Papado de Aviñón1. La elección de su sucesor, Urbano VI, fue controvertida. Aunque fue elegido por los cardenales en Roma, la legitimidad de su elección fue cuestionada por algunos cardenales franceses, quienes alegaron haber sido coaccionados por la multitud romana1. Estos cardenales, poco después, se reunieron y eligieron a un antipapa, Clemente VII, quien estableció su corte en Aviñón1.
La Doble Obediencia
Esta doble elección resultó en la división de la cristiandad occidental en dos «obediencias»: una que reconocía al Papa de Roma y otra que apoyaba al antipapa de Aviñón1. Reyes, príncipes y reinos europeos se alinearon con uno u otro bando por razones políticas y religiosas, creando una compleja red de lealtades que dividió profundamente a la Iglesia y a la sociedad1. La existencia de dos papas, cada uno con su propio colegio cardenalicio y administración, generó una inestabilidad doctrinal y una confusión generalizada entre los fieles1.
La Necesidad de una Solución
A medida que el cisma se prolongaba, la necesidad de una solución se hizo cada vez más apremiante. Los intentos de negociación entre los papas rivales fracasaron repetidamente, y la idea de un concilio general como la única vía para restaurar la unidad comenzó a ganar fuerza1. Sin embargo, la cuestión de quién tenía la autoridad para convocar un concilio que pudiera deponer a un papa legítimo era un tema de intenso debate teológico y canónico.
