Del remedio extraordinario a la teoría constitucional
Durante el Cisma de Occidente, la vía conciliar nació como un remedio para una crisis que no encontraba solución mediante la renuncia, el arbitraje o la negociación entre los pretendientes. Las universidades y algunos prelados entendieron que un concilio podía restaurar la unidad cuando los papas rivales se negaban a cooperar.
Con el tiempo, una parte de la reflexión conciliarista transformó aquella solución excepcional en una teoría constitucional de la Iglesia. Según esta tendencia, el concilio representaría de forma más completa a la comunidad eclesial y podría controlar, juzgar o incluso deponer al papa. Otros autores conservaron una posición más restringida y limitaron la competencia conciliar a situaciones extraordinarias.
La fragilidad de la teoría radicaba en que podía dejar en segundo plano el carisma petrino, es decir, la misión singular confiada por Cristo a Pedro y a sus sucesores. La crítica teológica posterior consideró que una estructura donde la autoridad suprema quedara siempre sometida a una instancia conciliar carecía de un principio claro de unidad y de una garantía suficiente frente al error doctrinal.
La reacción romana
Juan de Torquemada y Tomás de Vio, llamado Cayetano, encabezaron la respuesta teológica favorable a la primacía pontificia. Ambos rechazaron los elementos centrales del conciliarismo y defendieron la autoridad propia del papa en la constitución de la Iglesia.
La reacción romana no negaba el valor de los concilios legítimos. La cuestión consistía en afirmar que un concilio general recibe su autoridad dentro del orden jerárquico de la Iglesia y no puede constituirse contra el papa legítimo mediante una iniciativa particular de cardenales, obispos o príncipes.
Permanencia de tesis moderadas
Al comenzar el siglo XVI todavía quedaban residuos conciliaristas, sobre todo entre algunos canonistas vinculados a la tradición universitaria. Francisco de Vitoria rechazó dogmáticamente el conciliarismo, pero admitió que una necesidad extrema pudiera justificar la reunión de un concilio general de reforma incluso contra la voluntad del papa. Esta opinión no equivalía a aceptar una superioridad ordinaria del concilio, sino que planteaba una hipótesis de defensa de la Iglesia ante un daño gravísimo.
La teología española terminó inclinándose mayoritariamente contra el conciliarismo. A finales del siglo XV todavía podían encontrarse autores que atribuían la infalibilidad exclusivamente al concilio general; al iniciarse el siglo XVI, esa corriente había perdido prácticamente toda su influencia en España.