El Gran Cisma de Occidente, que comenzó en 1378, había dividido a la cristiandad durante treinta años, con dos líneas de papas reclamando la legitimidad: una en Roma y otra en Aviñón1. Los intentos de resolver el cisma a través de compromisos, acuerdos arbitrales o la renuncia de los papas rivales habían fracasado debido a la obstinación de los pontífices, cada uno convencido de la validez de sus derechos1. Durante este período, Urbano VI, Bonifacio IX, Inocencio VII y Gregorio XII ocuparon sucesivamente la Sede de Roma, mientras que Clemente VII y Benedicto XIII fueron los papas de Aviñón1.
La insatisfacción con la situación era generalizada entre los cardenales de ambos lados. Se criticaba la pusilanimidad y el nepotismo de Gregorio XII, así como la obstinación de Benedicto XIII1,2. Esto llevó a la resolución de buscar un medio más eficaz para la unidad: un concilio general1. La idea de un concilio había sido sugerida por el rey francés Carlos V al inicio del cisma y expresada nuevamente en su lecho de muerte en 13801.
