La Iglesia hispánica a finales del siglo IV
A finales del siglo IV, las comunidades cristianas de Hispania vivían dentro de la estructura administrativa del Imperio romano. Las distintas provincias mantenían relaciones eclesiales entre sí mediante la participación de los obispos en sínodos y la recepción de normas aprobadas por otras asambleas. Esta práctica favorecía una comunión entre las Iglesias tanto doctrinal como disciplinar.1
En este contexto, Toledo pertenecía a la provincia cartaginense. La ciudad adquirió progresivamente relevancia como sede episcopal y como lugar de reunión de obispos hispánicos. El Concilio de Toledo I representa uno de los primeros momentos documentados de esa importancia.
El priscilianismo
La cuestión principal que motivó el concilio fue el priscilianismo, movimiento religioso vinculado a Prisciliano, obispo de Ávila. La doctrina priscilianista incorporaba elementos ascéticos y tendencias dualistas próximas al maniqueísmo. Su visión religiosa podía contraponer de manera radical el mundo espiritual y la realidad material, además de interpretar de forma problemática la relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.
El concilio respondió a estos planteamientos mediante una profesión de fe centrada en la unidad de Dios, la bondad de la creación, la continuidad entre ambos Testamentos y la fe católica en la Trinidad y en Cristo. El símbolo conciliar tenía como finalidad combatir especialmente el dualismo priscilianista.2
