La Iglesia hispanovisigoda
Durante el siglo VII, el reino visigodo de Toledo constituía la principal entidad política de la Hispania cristiana. La conversión del rey Recaredo y de buena parte de la aristocracia goda del arrianismo al catolicismo, proclamada en el III Concilio de Toledo del año 589, había creado las condiciones para una mayor integración entre la población hispanorromana y la élite visigoda.1
La conversión no resolvió automáticamente todos los problemas religiosos y administrativos. La Iglesia necesitaba consolidar la disciplina común, ordenar las relaciones entre los obispos y la monarquía, mejorar la formación del clero y armonizar las prácticas litúrgicas de las distintas regiones.
Los concilios de Toledo desempeñaron un papel central en este proceso. Estas asambleas reunían principalmente a los obispos, aunque también podían contar con la presencia del rey y de miembros de la nobleza. Las autoridades civiles participaban en los asuntos políticos, pero las cuestiones propiamente religiosas correspondían a los obispos.3
La situación de la liturgia
La liturgia hispánica había recibido influencias diversas. Las iglesias de la antigua provincia sueva, especialmente las de Galicia, conservaron algunos usos de orientación romana introducidos en épocas anteriores. Entre esas prácticas figuraban determinadas formas de administrar el bautismo, el empleo de himnos, la colocación del aleluya en la celebración eucarística y algunas modalidades de la fracción del pan.
Tras la incorporación del reino suevo al dominio visigodo, aquellas diferencias continuaron presentes en ciertos lugares. El Concilio de Toledo IV quiso reforzar la unidad litúrgica del reino y eliminar prácticas que consideraba ajenas a la tradición hispánica común.4,5,6

