La Iglesia en la monarquía visigoda
Durante el siglo VII, los concilios de Toledo constituían las principales asambleas eclesiásticas del reino visigodo. La serie conciliar comenzó a adquirir una importancia extraordinaria después de la conversión del rey Recaredo y de buena parte del pueblo visigodo del arrianismo al catolicismo en el III Concilio de Toledo, celebrado en el año 589. A partir de entonces, la unidad religiosa católica contribuyó a la integración política y social de godos e hispanorromanos.2,3
Los concilios nacionales reunían principalmente a los obispos, aunque los reyes y los nobles también asistían a las sesiones. La participación de estos representantes civiles reflejaba la estrecha relación entre la Iglesia y la monarquía, pero las cuestiones propiamente religiosas correspondían a los obispos.4
La colección canónica hispana llegó a conservar los cánones de diecisiete concilios nacionales celebrados en el reino visigodo entre los años 589 y 694. La mayoría ocurrió en Toledo, que se convirtió en el principal centro eclesiástico y político de la Hispania visigoda.4
La sucesión de los concilios toledanos
El Concilio de Toledo V pertenece a la primera mitad del siglo VII, después del IV Concilio de Toledo, celebrado en 633 bajo la presidencia de san Isidoro de Sevilla. Aquel concilio había adoptado medidas de gran importancia tanto para la disciplina eclesiástica como para la organización política del reino.1
El concilio de 636 fue seguido por el VI Concilio de Toledo, celebrado en 638, que trató cuestiones disciplinares, morales y políticas. La sucesión de ambos sínodos muestra la continuidad de la colaboración entre el episcopado y la monarquía visigoda.1

