La monarquía visigoda católica
El concilio ocurrió en la segunda mitad del siglo VII, cuando el reino visigodo de Toledo ya había abandonado el arrianismo y se había consolidado como una monarquía católica. La conversión de Recaredo y la recepción de la fe nicena en el III Concilio de Toledo, celebrado en 589, habían creado el marco religioso e institucional en el que se desarrollaron los concilios posteriores.1
Durante este periodo, los concilios toledanos no trataron solo cuestiones doctrinales. Sus decisiones afectaron también a la disciplina del clero, la organización eclesiástica, la vida monástica, las relaciones entre la Iglesia y la Corona y diversas materias de carácter civil. La serie de concilios celebrados entre finales del siglo VI y comienzos del siglo VIII constituye una de las expresiones más importantes de la vida conciliar de una Iglesia particular en el Occidente latino.2
El reinado de Recesvinto
Recesvinto ocupó el trono visigodo cuando la Iglesia hispana desempeñaba una función relevante en la configuración jurídica y política del reino. Los obispos reunidos en los concilios intervenían en asuntos estrictamente eclesiásticos, pero también en cuestiones relacionadas con el orden público y la legislación regia. El VIII Concilio de Toledo pertenece a esta etapa de estrecha colaboración entre la autoridad episcopal y la monarquía.1,2

