El concilio ocurrió en la Hispania visigoda del siglo VII, una época en la que los obispos se reunían periódicamente para regular la vida de la Iglesia, ordenar la disciplina clerical y monástica y armonizar las prácticas litúrgicas. El Concilio de Toledo X pertenece a la serie de concilios toledanos celebrados entre los siglos V y VIII, que contribuyeron a configurar la organización y la identidad religiosa de la Iglesia hispánica.1,2
La Iglesia visigoda había heredado una estructura episcopal relativamente desarrollada. Los obispos ejercían funciones doctrinales, disciplinares y, en determinados asuntos, también civiles. La sede de Toledo ocupaba una posición de especial importancia dentro de esa estructura, que alcanzaría una configuración primacial más definida en concilios posteriores.3,4
Durante el reinado de Recesvinto, los concilios de Toledo continuaron desempeñando una función central en la regulación de la vida eclesiástica. El Concilio de Toledo VIII, celebrado en 653, había tratado cuestiones disciplinares y civiles; el Concilio de Toledo IX, de 655, se había ocupado de asuntos relativos a la disciplina. El décimo concilio prolongó esta preocupación, con particular atención a la vida monástica.1

