La Iglesia visigoda en el siglo VII
El Concilio XII de Toledo pertenece a la etapa de madurez de la Iglesia visigoda católica. Desde la conversión del rey Recaredo y de buena parte de la aristocracia goda al catolicismo, los concilios toledanos habían adquirido una función decisiva en la vida religiosa, jurídica y política del reino.
Las asambleas episcopales trataban cuestiones doctrinales, disciplinares y administrativas. También intervenían en asuntos relacionados con la monarquía y con la organización institucional del reino visigodo. La serie de concilios celebrados en Toledo entre finales del siglo VI y comienzos del siglo VIII constituye una de las experiencias conciliares más importantes de la Iglesia particular en la historia del Occidente latino.2
Antes del Concilio XII, los sínodos toledanos habían abordado cuestiones muy diversas. El Concilio IV, presidido por san Isidoro de Sevilla en el año 633, adoptó medidas de gran alcance canónico y político; los concilios V, VI y VII trataron, entre otros asuntos, la defensa de la autoridad regia, la disciplina eclesiástica y la recepción de disposiciones conciliares anteriores.1
El reinado de Ervigio
El Concilio XII tuvo lugar durante el reinado de Ervigio, monarca visigodo bajo cuyo gobierno también se celebraron los concilios XIII y XIV de Toledo. La sucesión de estas asambleas muestra la importancia que había adquirido el concilio nacional como instrumento ordinario de gobierno religioso y de articulación institucional de la monarquía visigoda.1
La relación entre la autoridad real y la jerarquía eclesiástica resultaba especialmente estrecha en la provisión de los obispados. La práctica habitual atribuía al rey un papel determinante en la elección de los obispos, mientras que el metropolitano de Toledo intervenía en su consagración. El canon sexto del Concilio XII refleja jurídicamente esta realidad.3



