La Iglesia visigoda en el siglo VII
Durante el siglo VII, la Iglesia hispana mantuvo una estrecha relación con la monarquía visigoda. Los concilios reunidos en Toledo no fueron solo asambleas doctrinales: también abordaron la organización eclesiástica, la disciplina del clero, la legislación civil y las relaciones entre el episcopado y la Corona.
Esta colaboración entre Iglesia y poder real alcanzó una notable importancia después de la conversión de Recaredo del arrianismo al catolicismo, proclamada en el III Concilio de Toledo, celebrado en el año 589. A partir de entonces, los concilios toledanos contribuyeron a articular la unidad religiosa y política del reino visigodo.1
Los concilios posteriores desarrollaron esta tradición. El IV Concilio de Toledo, reunido en 633 bajo la presidencia de san Isidoro de Sevilla, adoptó importantes medidas canónicas y políticas. El VI Concilio, celebrado en 638, trató cuestiones de disciplina, moral y gobierno. El XI Concilio, de 675, se ocupó especialmente de la disciplina eclesiástica y de la reforma de usos relativos al clero.1
El reinado de Ervigio
El XIII Concilio de Toledo tuvo lugar durante el reinado de Ervigio, monarca visigodo cuyo gobierno estuvo marcado por la necesidad de reforzar la estabilidad del reino y ordenar las relaciones entre la Corona, la aristocracia y la jerarquía eclesiástica.
El XII Concilio de Toledo, celebrado en 681, y el XIII, celebrado en 683, pertenecieron a una misma etapa política. Ambos aprobaron cánones relacionados con la disciplina y con diversos usos vigentes en la Iglesia y en la sociedad visigoda.1



