La Iglesia visigoda a finales del siglo VII
El concilio tuvo lugar durante la etapa final del reino visigodo de Toledo, cuando la monarquía y la jerarquía eclesiástica mantenían una estrecha relación institucional. Desde el siglo VI, los concilios toledanos habían desempeñado funciones doctrinales, disciplinares y políticas. La serie de concilios celebrados entre los siglos VI y comienzos del VIII constituye una de las expresiones más importantes de la vida conciliar de una Iglesia particular en el Occidente latino.1
Los obispos reunidos en Toledo no trataban solo asuntos internos del clero. Sus decisiones afectaban también a la organización del reino, a la legitimidad de la autoridad real y a la aplicación de normas religiosas en la vida pública. Esta estrecha relación entre Iglesia y monarquía caracterizó el modelo político-religioso visigodo.
El reinado de Egica
El Concilio de Toledo XVI tuvo lugar bajo el rey Egica. La situación política del reino presentaba tensiones entre la corona y determinados sectores de la nobleza y del episcopado. En ese marco adquirió especial relevancia la actuación de Siseberto, arzobispo de Toledo, cuya conspiración contra el monarca provocó la intervención de los padres conciliares. El concilio impuso a Siseberto una penitencia y pronunció contra él un anatema.2
La condena de un arzobispo de Toledo revestía una importancia singular. La sede toledana ocupaba el lugar primacial dentro de la Iglesia visigoda y su titular ejercía una influencia considerable sobre la vida eclesial y política del reino. Por ello, el caso de Siseberto afectaba tanto a la disciplina episcopal como al equilibrio institucional de la monarquía.


