El contexto eclesial latinoamericano
A finales del siglo XIX, las Iglesias particulares de América Latina afrontaban una situación común, aunque con diferencias entre países: la necesidad de consolidar la organización eclesiástica, formar adecuadamente al clero, promover la educación católica y coordinar la evangelización en sociedades marcadas por profundas transformaciones políticas y culturales.
León XIII manifestó una preocupación apostólica especial por las Iglesias del continente americano. Esa preocupación culminó en la convocatoria de un concilio destinado a reunir a los obispos de las repúblicas latinoamericanas y a establecer orientaciones comunes para la vida de la Iglesia.1
La convocatoria recibió una formulación solemne en la carta apostólica Cum diuturnum, fechada el 25 de diciembre de 1898. El Papa quiso que los obispos intercambiaran experiencias y, con autoridad común, dictasen las medidas más adecuadas para conservar la unidad de la disciplina eclesiástica, afirmar la identidad católica y favorecer la expansión pública de la Iglesia.1
Naturaleza del concilio
El Concilio Plenario de la América Latina no fue un concilio ecuménico de toda la Iglesia, sino una asamblea episcopal de carácter continental convocada por la Santa Sede. Su propósito consistió en ofrecer normas y criterios pastorales comunes a las Iglesias latinoamericanas.
La reunión expresó la preocupación de la Sede Apostólica por la unidad de la fe y de la disciplina en un territorio amplio y diverso. También manifestó la voluntad de los obispos de actuar unidos ante problemas que superaban el ámbito de una sola diócesis.

