El Papa Juan XXIII anunció la convocatoria del Concilio Vaticano II en enero de 1959, apenas tres meses después de su elección, expresando un deseo de renovación espiritual y pastoral para la Iglesia Católica1. Su intención principal era un aggiornamento, es decir, «poner al día» a la Iglesia, haciendo su proclamación del Evangelio más efectiva en el mundo moderno2,1. Este enfoque era más pastoral que dogmático en la mente del convocante2. Además de la renovación interna, el Papa Juan XXIII también buscaba la reconciliación ecuménica con los cristianos no católicos1.
A pesar de la intención pastoral, muchos de los documentos más incisivos del concilio se presentaron como constituciones dogmáticas, como la Constitución Dogmática sobre la Iglesia (Lumen Gentium) y la Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación (Dei Verbum)2. Estas, junto con la Constitución sobre la Sagrada Liturgia (Sacrosanctum Concilium), son consideradas los grandes logros teológicos del Vaticano II3.
Tras la muerte del Papa Juan XXIII en 1963, el Papa Pablo VI continuó el concilio. Pablo VI identificó cuatro objetivos principales para el concilio: (1) desarrollar la noción de la Iglesia, (2) renovar la Iglesia, (3) restaurar la unidad y (4) promover el diálogo de la Iglesia con el mundo4. Su preocupación principal para la segunda sesión del concilio fue eclesiológica, buscando una investigación profunda de la naturaleza interna de la Iglesia para definir su constitución fundamental y su misión salvífica4.

