La elección del Romano Pontífice no siempre se llevó a cabo de la misma manera. En los primeros siglos de la Iglesia, el obispo de Roma era elegido por el clero y el pueblo de la ciudad, de forma similar a otros obispos1. Sin embargo, este método se hizo propenso a interferencias políticas y disputas faccionales, lo que a menudo resultaba en elecciones prolongadas y controvertidas.
El término «cónclave» proviene del latín cum clave, que significa «bajo llave», y refleja la práctica de encerrar a los cardenales. Esta medida drástica surgió de la necesidad de acelerar el proceso de elección del Papa y evitar vacantes prolongadas de la Sede Apostólica, que causaban inestabilidad en la Iglesia.
Uno de los momentos clave en la consolidación del cónclave tal como lo conocemos ocurrió en el siglo XIII. Tras la muerte del Papa Clemente IV en 1268, la elección de su sucesor se prolongó durante casi tres años, debido a la incapacidad de los cardenales para ponerse de acuerdo. Finalmente, los magistrados de Viterbo, donde se encontraban reunidos, decidieron encerrarlos y reducirles las raciones de comida para forzar una decisión. Esta experiencia llevó al Papa Gregorio X a promulgar la Constitución Apostólica Ubi periculum en 1274, que estableció por primera vez normas estrictas para el encierro de los cardenales, incluyendo la limitación de sus provisiones y el aislamiento del mundo exterior1.
A lo largo de los siglos, diversos Papas han perfeccionado las normas del cónclave para adaptarlas a los tiempos, manteniendo siempre su estructura esencial1. Por ejemplo, en el siglo XVIII, el Papa Pío VI, a través de la constitución Christi Ecclesiae (1797), otorgó a los cardenales la facultad de decidir sobre el lugar del cónclave si las circunstancias lo requerían, y de ajustar el día de su inicio, siempre respetando la mayoría de votos2.

