Orígenes medievales
Durante los primeros siglos, el obispo de Roma fue elegido mediante procedimientos variables en los que podían intervenir el clero romano, el pueblo y, en determinados períodos, autoridades civiles. Las tensiones políticas, las divisiones entre facciones y la influencia de poderes externos provocaron vacantes prolongadas y elecciones disputadas.
La elección de Gregorio X impulsó una regulación más estricta. El II Concilio de Lyon, celebrado en 1274, estableció normas de clausura para impedir presiones externas y acelerar la elección. Aunque aquellas disposiciones experimentaron modificaciones posteriores, consolidaron la estructura fundamental del cónclave.
El Concilio de Constanza
El Concilio de Constanza puso fin al Cisma de Occidente con la elección de Martín V el 11 de noviembre de 1417. Aquella elección tuvo un carácter excepcional: participaron cardenales y representantes de las naciones conciliares en un contexto extraordinario, distinto del procedimiento ordinario de un cónclave moderno.
La experiencia de Constanza mostró la gravedad de una división en la sucesión pontificia y reforzó la necesidad de un procedimiento universalmente reconocido.
Intervenciones políticas
Durante la Edad Moderna, algunos monarcas católicos ejercieron el llamado derecho de exclusiva, mediante el cual intentaban vetar a determinados candidatos. Esta práctica no formaba parte de la constitución divina de la Iglesia y acabó desapareciendo.
La elección de Pío VII en 1800 ocurrió en Venecia, porque la ocupación francesa impedía a los cardenales reunirse con normalidad en Roma. Este episodio ilustra cómo las circunstancias políticas podían afectar al lugar y a la duración del cónclave.
La legislación pontificia contemporánea excluye expresamente toda intervención de poderes civiles. La elección pertenece a los cardenales electores y no a gobiernos, parlamentos, monarquías ni grupos externos.