La crisis revolucionaria
Durante la Revolución Francesa (1789‑1799) la Iglesia sufrió la confiscación de sus bienes, la supresión de órdenes religiosas y la imposición de la Ley de Secularización de 1790, que la relegó a una posición marginal dentro del nuevo orden republicano1. La «Iglesia de la Luz» y la imposición del civismo religioso generaron una profunda alienación entre los católicos y el poder civil.
La necesidad de reconciliación
Al consolidarse como Primer Cónsul, Napoleón comprendió que la paz religiosa era esencial para la estabilidad política y social. La hostilidad de los Vendeanos, motivada por la ofensa a su conciencia católica, evidenció la urgencia de una solución que restaurara la fe popular1. Simultáneamente, el Papa Pío VII buscaba restablecer la dignidad de la Iglesia en Francia y estaba dispuesto a negociar para lograrlo3.

