La inerrancia bíblica
La inerrancia bíblica es la doctrina según la cual la Sagrada Escritura, por estar inspirada por Dios, enseña sin error la verdad que Dios quiso comunicar para la salvación. La Iglesia no entiende esta doctrina como una afirmación de que la Biblia utiliza siempre conceptos técnicos, cronologías modernas o géneros historiográficos contemporáneos.
La encíclica Divino afflante Spiritu, promulgada por Pío XII en 1943, recuerda que el escritor sagrado puede hablar de las realidades físicas mediante el lenguaje de las apariencias sensibles, las expresiones figuradas o las formas habituales de su tiempo. El documento también reconoce la posibilidad de errores de los copistas y de ambigüedades en la transmisión o comprensión de determinados pasajes, sin atribuir tales problemas al acto divino de la inspiración.
La doctrina católica mantiene, al mismo tiempo, que la inspiración alcanza toda la Escritura y no únicamente los pasajes relativos a la fe y a la moral. Divino afflante Spiritu rechaza la reducción de la verdad bíblica a un núcleo exclusivamente religioso y afirma que la inspiración resulta incompatible con el error en cuanto la Escritura enseña verdaderamente aquello que Dios quiso transmitir por medio de los hagiógrafos.
La inerrancia no equivale al concordismo
La inerrancia bíblica y el concordismo no son conceptos equivalentes. La primera pertenece a la doctrina católica sobre la inspiración y la verdad de la Escritura; el segundo designa una estrategia interpretativa que intenta establecer correspondencias entre la Biblia y determinadas teorías científicas o históricas.
La inerrancia responde principalmente a la pregunta:
¿En qué sentido enseña la Escritura la verdad sin error?
El concordismo responde a otra cuestión:
¿Cómo puede relacionarse un determinado pasaje bíblico con los conocimientos científicos o históricos de una época?
La Iglesia puede sostener la inerrancia sin aceptar una explicación concordista concreta. Por ejemplo, un católico puede afirmar la verdad teológica de Génesis 1 -Dios creó todas las cosas, la creación depende radicalmente de Él, el mundo posee un orden y el ser humano ocupa una dignidad singular- sin identificar los seis días con seis períodos geológicos determinados.
La inerrancia tampoco obliga a interpretar cada relato bíblico como un informe científico. La Biblia contiene poesía, narración, genealogía, legislación, sabiduría, profecía, parábola, literatura apocalíptica y otros géneros. El intérprete debe descubrir qué afirma realmente cada autor sagrado y qué género literario emplea.
La unidad de la Escritura admite otros caminos
El concordismo no representa la única manera de defender la unidad de la Biblia. La unidad de la Escritura puede comprenderse desde distintos niveles:
- Unidad de autoría divina: Dios constituye el autor principal de toda la Escritura.
- Unidad de la historia de la salvación: los libros bíblicos forman parte de un único designio salvífico.
- Unidad cristológica: Cristo cumple y lleva a plenitud las promesas, figuras y acontecimientos del Antiguo Testamento.
- Unidad canónica: la Iglesia recibe los libros inspirados como un conjunto normativo.
- Unidad eclesial: la Escritura vive dentro de la Tradición apostólica y de la fe de la Iglesia.
- Unidad literaria y teológica: los distintos libros articulan temas comunes como la creación, la alianza, el pecado, la promesa, la liberación, la sabiduría, el juicio y la redención.
La renovación bíblica católica ha insistido en que los estudios históricos aportan información valiosa, pero la interpretación cristiana no alcanza su meta cuando únicamente reconstruye fuentes, géneros o etapas de redacción. La Pontificia Comisión Bíblica afirma que el exegeta católico debe llegar al sentido del texto como Palabra de Dios para el presente.