El concordismo bíblico se basa en la convicción de que la Escritura es una unidad orgánica, fruto del único plan divino de salvación. Según la enseñanza católica, los libros bíblicos, aunque diversos en género literario y época, forman un todo coherente donde Cristo Jesús es el centro y el corazón.2 Esta armonía no es mera coincidencia humana, sino garantía de la inspiración divina, que evita cualquier disonancia interna o con la Tradición apostólica.
Un principio clave es el rechazo de contradicciones aparentes: lo que parece conflictivo a una lectura superficial se resuelve mediante una exégesis guiada por la fe. Los intérpretes católicos deben demostrar la concordancia perfecta entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, entre la Ley y los Profetas, o entre los Evangelios y las Epístolas.4 Así, el concordismo no busca forzar coincidencias científicas o históricas modernas —lo que sería un error anacrónico—, sino preservar la verdad teológica y moral inherente al texto.

