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Concupiscencia

La concupiscencia es, en la teología católica, la inclinación desordenada de los apetitos sensibles que permanece en la persona humana después del pecado original. No constituye pecado por sí misma, porque el pecado exige un acto libre de la voluntad; sin embargo, mueve o inclina al pecado cuando la persona la acepta deliberadamente. El bautismo borra el pecado original y comunica la gracia santificante, pero no elimina durante la vida terrena la lucha interior entre la razón iluminada por la fe, la voluntad y los deseos sensibles. La gracia fortalece al cristiano para resistir la concupiscencia, ordenar sus afectos y crecer en la virtud hasta la plena liberación en la vida eterna.1,2,3

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreConcupiscencia
CategoríaTérmino
DescripciónTendencia del apetito sensible contraria a la razón, que no es pecado en sí misma. Inclinación desordenada de los apetitos sensibles que permanece en la persona humana después del pecado original. En la teología católica, la concupiscencia es el movimiento del apetito sensible que, tras el pecado original, tiende a imponerse contra la razón y la voluntad rectamente formada. No constituye pecado por sí misma, pero inclina al pecado cuando la persona la acepta deliberadamente. El bautismo borra la culpa del pecado original pero no elimina la lucha interior; la gracia fortalece al cristiano para resistirla y crecer en virtud
Referencias
Contexto HistóricoDesarrollado en la tradición patrística y escolástica, citado por San Agustín, Santo Tomás de Aquino y codificado en el Catecismo de la Iglesia Católica y el Catecismo del Concilio de Trento.
Doctrinas RelacionadasPecado original, gracia santificante, justicia original, virtud, castidad, libre albedrío.
Enseñanzas Principales1) La concupiscencia no es pecado en sí misma. 2) Persiste después del bautismo, aunque la culpa del pecado original se borra. 3) Se vuelve pecado solo con consentimiento voluntario. 4) La gracia santificante fortalece la voluntad para resistirla. 5) La completa erradicación se alcanzará en la vida gloriosa.
ImportanciaAclara la diferencia entre deseo y pecado, explica la necesidad de la gracia para la moralidad, y orienta la vida espiritual del bautizado.
Personas RelacionadasSan Agustín, Santo Tomás de Aquino, Papa Pío V.
TipoTérmino teológico, Moral

Tabla de contenido

Definición y significado del término

La palabra concupiscencia procede del latín concupiscentia, relacionado con el verbo concupiscere, que significa desear intensamente. En un sentido amplio, puede designar cualquier deseo vehemente, incluso un deseo bueno. En el lenguaje teológico y moral, sin embargo, adquiere un sentido más preciso: el movimiento del apetito sensible contrario al juicio de la razón.4,1

La doctrina católica distingue, por tanto, entre:

  • El deseo humano en general, que puede orientarse hacia un bien legítimo.
  • La inclinación sensible desordenada, que busca un bien parcial al margen del bien integral de la persona y de la ley moral.
  • El consentimiento voluntario, por el que la persona acepta interiormente la inclinación o la convierte en un acto deliberado.

El deseo de alimento, descanso, afecto, seguridad o unión conyugal pertenece a la estructura natural de la persona y no constituye por sí mismo una realidad pecaminosa. La concupiscencia aparece propiamente cuando el apetito sensible tiende a imponerse contra el orden de la razón y la voluntad rectamente formada. El Catecismo de la Iglesia Católica la define como «el movimiento del apetito sensible contrario a la operación de la razón» y enseña que, aunque altera las facultades morales, no es una ofensa en sí misma, sino que inclina a cometer pecados.1

La concupiscencia en la antropología cristiana

La unidad de la persona humana

La antropología católica no considera al cuerpo como malo ni presenta el alma y el cuerpo como dos realidades enfrentadas por naturaleza. Dios creó al ser humano como una unidad de cuerpo y alma, dotada de inteligencia y voluntad. Los apetitos sensibles forman parte de esa naturaleza creada y poseen una finalidad buena.

El problema de la concupiscencia no radica en la existencia de los sentidos, de las emociones o de los deseos corporales. Surge del desorden introducido por el pecado original, que debilitó la armonía originaria entre las facultades humanas. El apetito sensible ya no obedece con facilidad a la razón, y la voluntad experimenta una mayor dificultad para elegir de modo constante el bien conocido.5,6

Santo Tomás de Aquino explica este desorden mediante la pérdida de la justicia original. Antes del pecado, las facultades inferiores estaban subordinadas a la razón de manera armoniosa. Después de la caída, los poderes inferiores tienden hacia bienes sensibles sin la adecuada ordenación al fin último de la persona, que es Dios. La concupiscencia expresa precisamente esa tendencia desordenada de las facultades inferiores.6

El apetito sensible y la voluntad

La tradición escolástica distingue entre varias facultades del alma. El apetito sensible comprende las tendencias relacionadas con los bienes percibidos por los sentidos. Incluye deseos, aversiones, inclinaciones, pasiones y movimientos afectivos. La inteligencia conoce la verdad y juzga qué conviene hacer. La voluntad, apetito racional, elige libremente aquello que la inteligencia presenta como bueno.

La concupiscencia puede aparecer antes de que la razón haya formado un juicio completo. Una imagen, una tentación, un recuerdo, una emoción intensa o una necesidad corporal pueden provocar un movimiento espontáneo. Ese primer movimiento no equivale todavía a una elección moral. La razón puede examinarlo y la voluntad puede rechazarlo, tolerarlo sin aprobarlo o aceptarlo deliberadamente.

La lucha interior descrita por san Pablo expresa esta tensión entre el deseo desordenado y la orientación de la persona hacia Dios. La concupiscencia no destruye la libertad, aunque puede dificultar su ejercicio y disminuir la facilidad con que la voluntad realiza el bien.4,1

Origen de la concupiscencia

La justicia original

La doctrina católica enseña que Dios creó a nuestros primeros padres en un estado de santidad y justicia. La tradición escolástica llama justicia original a la armonía concedida por Dios a la persona humana, una armonía que incluía la perfecta subordinación de los apetitos sensibles a la razón.

Esta condición no constituía una exigencia absoluta de la naturaleza humana, sino un don sobrenatural y preternatural concedido gratuitamente por Dios. La gracia santificante elevaba al ser humano a la amistad divina, mientras que otros dones ordenaban sus facultades y lo preservaban de determinados efectos de la desintegración introducida por el pecado. La ausencia de concupiscencia en el estado original pertenecía a este orden de armonía recibida de Dios.4

El pecado original

El pecado de los primeros padres rompió la amistad con Dios y privó a la naturaleza humana de la justicia original. Como consecuencia, la persona humana quedó interiormente herida: la inteligencia encuentra más dificultad para reconocer y aplicar el bien, la voluntad experimenta debilidad y los apetitos sensibles pueden rebelarse contra el orden racional.

La concupiscencia constituye uno de los efectos permanentes de esa herida. No equivale sin más al pecado original en cuanto culpa personal actual, pero procede de la pérdida de la armonía originaria y manifiesta sus consecuencias en las facultades humanas. Santo Tomás distingue técnicamente entre la carencia de la justicia original, relacionada con el elemento formal del pecado original, y la concupiscencia, relacionada con su elemento material, porque afecta especialmente a los poderes inferiores del alma.3,6

San Agustín describe la concupiscencia como una especie de «ley del pecado» que permanece en los miembros del cuerpo mortal. Esta expresión no significa que el cuerpo sea malo ni que cada movimiento sensible constituya una culpa, sino que la persona bautizada continúa experimentando una inclinación que debe combatir mientras peregrina hacia la vida eterna.2

Concupiscencia y bautismo

El bautismo borra la culpa del pecado original

El bautismo comunica la gracia santificante, perdona el pecado original y todos los pecados personales, incorpora a la persona a Cristo y la hace partícipe de la vida divina. La persona bautizada ya no permanece bajo el dominio jurídico y espiritual del pecado original.

Sin embargo, el bautismo no elimina la concupiscencia. Permanece como una inclinación y como materia de combate espiritual. La tradición católica explica esta permanencia mediante la imagen de una lucha permitida por Dios para el crecimiento en la virtud. La concupiscencia ofrece una ocasión para ejercitar la vigilancia, la libertad, la humildad y la confianza en la gracia.2,3

Santo Tomás precisa que, después del bautismo, permanecen los efectos de la herida original, pero desaparece su culpa. La persona bautizada continúa experimentando movimientos desordenados, pero esos movimientos no la hacen culpable mientras no exista consentimiento voluntario.3

La concupiscencia no demuestra el fracaso del bautismo

La experiencia de la tentación después del bautismo no indica que el sacramento haya sido ineficaz. El bautismo no transforma la vida terrena en un estado de impecabilidad automática. Comunica una vida nueva en Cristo, infunde la gracia y orienta a la persona hacia Dios, pero deja espacio para una cooperación libre y progresiva.

La santificación cristiana implica una transformación real, aunque todavía incompleta. La gracia sana y eleva la naturaleza, pero la sanación plena alcanza su consumación después de la muerte, cuando la persona participa de la visión beatífica. Mientras dura la peregrinación terrena, el cristiano debe combatir la concupiscencia mediante la oración, la mortificación, la recepción de los sacramentos y el ejercicio de las virtudes.

Inclinación al mal y consentimiento voluntario

El primer movimiento no constituye pecado

La distinción entre tentación y pecado resulta fundamental. Una tentación puede surgir de manera espontánea sin que la persona la haya buscado ni querido. Puede manifestarse como una imagen, un deseo, una reacción de ira, una fantasía, una atracción desordenada, un impulso de posesión o una inclinación hacia la comodidad y el egoísmo.

Mientras la voluntad no apruebe ese movimiento, no existe pecado personal. La persona puede experimentar una tentación intensa y, al mismo tiempo, permanecer moralmente fiel a Dios. Incluso el rechazo interior de la tentación puede convertirse en una ocasión de mérito cuando la persona resiste con libertad y confía en la ayuda divina.

La concupiscencia antecedente recibe este nombre porque aparece antes del consentimiento de la voluntad. La tradición moral la distingue de la concupiscencia consecuente, que acompaña o sigue a una aceptación voluntaria del desorden. La primera no posee culpa moral; la segunda participa de la responsabilidad del acto elegido.4,7

El consentimiento convierte la inclinación en acto moral

El pecado reside propiamente en la voluntad. Una inclinación desordenada puede solicitar el consentimiento, presionar la imaginación o dificultar el juicio, pero no puede sustituir por sí sola la decisión personal. La culpa aparece cuando la persona, con conocimiento suficiente y libertad proporcionada, acepta interiormente el desorden o decide actuar conforme a él.

Este consentimiento puede adoptar diversas formas:

  • Aprobación interior de un deseo contrario a la ley de Dios.
  • Búsqueda deliberada de pensamientos o imágenes desordenadas.
  • Decisión de ejecutar una acción moralmente mala.
  • Negativa voluntaria a apartar una ocasión próxima y libremente elegida.
  • Recreación consciente en el deseo, aunque no llegue a producirse una acción externa.

La responsabilidad moral concreta depende del conocimiento, la libertad, la intensidad de la pasión, los hábitos adquiridos, la presión externa y otros factores. Una emoción fuerte puede disminuir la imputabilidad de un acto, pero no convierte automáticamente en bueno aquello que la voluntad ha elegido de modo deliberado.

San Agustín resume la distinción afirmando que la concupiscencia permanece en los bautizados, pero no causa daño a quienes no le dan consentimiento para realizar obras ilícitas; en cambio, quienes consienten en ella incurren en culpa y necesitan la curación de la penitencia y de la gracia.2

La diferencia entre sentir y querer

La moral católica distingue cuidadosamente entre:

  • Sentir una inclinación.
  • Advertir que existe.
  • Consentir en ella.
  • Buscarla deliberadamente.
  • Actuar conforme a ella.

Una persona no elige todos los movimientos de su sensibilidad. Puede experimentar ira sin querer odiar, atracción sin querer utilizar al otro, deseo de posesión sin querer robar o cansancio sin querer abandonar un deber legítimo. La voluntad conserva la posibilidad de orientar la respuesta.

Por este motivo, la conciencia cristiana no debe confundir la presencia de una tentación con la comisión de un pecado. La persona tampoco debe alimentar voluntariamente la tentación bajo el pretexto de que el primer impulso no era culpable.

La gracia y la concupiscencia

La gracia no elimina la concupiscencia en esta vida

La gracia santificante no suprime de manera inmediata todos los desórdenes afectivos. La vida cristiana no consiste en alcanzar una ausencia absoluta de tentaciones antes de la muerte. La gracia transforma la relación de la persona con sus inclinaciones: le concede una nueva orientación hacia Dios, ilumina su inteligencia, fortalece su voluntad y permite resistir aquello que antes dominaba su conducta.

La gracia no destruye la naturaleza, sino que la sana y la eleva. Por ello, tampoco elimina las facultades sensibles ni convierte al ser humano en un ser sin pasiones. La gracia ordena los afectos mediante la caridad y las virtudes, de modo que el cristiano aprende gradualmente a amar el verdadero bien y a gobernar sus deseos según la razón iluminada por la fe.

San Agustín presenta la oración del Padrenuestro como expresión de esta dinámica: el cristiano pide perdón por las ocasiones en que cedió, pide ayuda para no ceder y espera la liberación definitiva del mal. La concupiscencia permanece como objeto de combate hasta que la mortalidad queda absorbida por la vida.2

La gracia otorga fuerza para no consentir

La gracia no hace innecesaria la libertad; la sana, la fortalece y la libera progresivamente. La voluntad herida puede realizar actos buenos, pero necesita la ayuda divina para perseverar y alcanzar su fin sobrenatural. La tradición católica rechaza tanto la idea de que la persona pueda salvarse sin la gracia como la idea de que la concupiscencia obligue necesariamente a pecar.

La doctrina católica mantiene una posición equilibrada:

  • La concupiscencia inclina, pero no obliga absolutamente.
  • La voluntad humana permanece libre, aunque herida.
  • La gracia resulta necesaria para realizar el bien sobrenatural y perseverar en él.
  • La tentación no elimina la responsabilidad, pero puede disminuirla cuando reduce el conocimiento o la libertad.
  • La victoria sobre una tentación procede de la cooperación entre la libertad humana y la gracia divina.

San Agustín enseña que la ayuda de Dios permite no ser abandonados ante el surgimiento de la tentación y proporciona fuerza para vencer la seducción en lugar de dejarse arrastrar por ella.2

La terminología escolástica

La escolástica emplea varias distinciones para explicar esta realidad:

  • Naturaleza íntegra: la condición humana considerada con la armonía de sus facultades, tal como habría existido sin la herida del pecado.
  • Naturaleza caída: la naturaleza humana privada de la justicia original y afectada por la ignorancia, la debilidad y la concupiscencia.
  • Naturaleza reparada: la persona regenerada por la gracia de Cristo, aunque todavía sometida a la lucha y a las consecuencias temporales del pecado.
  • Naturaleza glorificada: la condición de los bienaventurados, plenamente liberados de la concupiscencia y confirmados en el bien.
  • Apetito sensible: la facultad tendencial vinculada a la sensibilidad y a las pasiones.
  • Apetito racional: la voluntad, que tiende al bien conocido por la inteligencia.
  • Movimiento antecedente: el impulso que aparece antes de la deliberación y del consentimiento.
  • Movimiento consecuente: la inclinación que la voluntad acepta, provoca o mantiene deliberadamente.
  • Acto humano: la acción realizada con conocimiento y voluntad, susceptible de valoración moral.
  • Acto del hombre: un movimiento o conducta sin suficiente advertencia o libertad, cuya imputabilidad puede ser reducida o inexistente.

Estas distinciones evitan dos errores opuestos: atribuir culpa a todo deseo espontáneo o negar la responsabilidad de la persona que consiente libremente en el mal.

La concupiscencia y las pasiones

Las pasiones no son malas por naturaleza. Constituyen movimientos de la sensibilidad que acompañan la percepción de un bien o de un mal. El amor, el temor, la ira, la tristeza, el deseo y el gozo pueden ordenarse al bien o desordenarse cuando se apartan de la razón y de la caridad.

La concupiscencia afecta especialmente a los deseos que buscan un placer sensible sin respetar el orden moral. El placer en sí mismo no es malo: Dios ha vinculado ciertos bienes corporales y afectivos a la conservación de la vida, a la amistad, al matrimonio y a la procreación. El desorden aparece cuando el placer se convierte en fin absoluto, cuando se busca fuera de su contexto legítimo o cuando se antepone a la verdad, la justicia y la dignidad de la persona.

El Catecismo del Concilio de Trento distingue entre los deseos naturales regulados -como buscar alimento, bebida, abrigo o descanso- y la concupiscencia de la carne, que sobrepasa los límites establecidos por la razón y por Dios. El problema moral no reside en la capacidad de desear, sino en la indulgencia de un deseo malo y en el consentimiento de la voluntad.7

Concupiscencia y sexualidad

La bondad de la sexualidad y del matrimonio

La doctrina católica no atribuye la concupiscencia a la sexualidad humana como tal. El cuerpo, la diferencia sexual, la unión conyugal y la fecundidad pertenecen al orden querido por Dios. San Agustín presenta el matrimonio como un bien que incluye la procreación, la fidelidad y la unión de los esposos. La relación conyugal legítima no es lujuria, sino un acto propio de una vocación buena y ordenada.5

La concupiscencia sexual consiste en la inclinación a buscar el placer sexual de forma separada del amor verdadero, de la dignidad de la persona y del orden moral. Puede llevar a tratar al otro como objeto de uso, a buscar el placer al margen del matrimonio o a cultivar voluntariamente pensamientos contrarios a la castidad.

La virtud de la castidad no pretende destruir la sexualidad, sino integrarla en la persona y ordenarla al amor auténtico. La castidad requiere dominio de sí, respeto por el propio cuerpo y por el cuerpo ajeno, educación de los afectos y apertura al designio de Dios.

La castidad como integración

La castidad cristiana no equivale a una mera represión de los deseos. Implica una integración positiva de la sexualidad en la totalidad de la persona. El casto no deja de poseer sensibilidad ni afectividad; aprende a vivirlas conforme a la verdad del amor, la fidelidad, la entrega y la dignidad humana.

La lucha contra la concupiscencia sexual exige prudencia concreta: evitar ocasiones próximas de pecado, ordenar el uso de los sentidos, cultivar relaciones respetuosas, practicar la templanza y recurrir a la oración. La victoria ordinaria no consiste en no experimentar ninguna inclinación, sino en no convertirla en una decisión contraria a Dios.

Formas de concupiscencia

La tradición cristiana suele hablar de tres grandes manifestaciones de la concupiscencia:

Concupiscencia de la carne

Consiste en la búsqueda desordenada de placeres sensibles. Incluye, entre otras realidades, la gula, la lujuria y el uso de bienes corporales sin moderación ni respeto por el orden moral.

Concupiscencia de los ojos

Designa el deseo desordenado de poseer bienes, riquezas o realidades que atraen la mirada. Puede manifestarse como avaricia, codicia, consumismo, envidia o apropiación injusta de los bienes ajenos.

Soberbia de la vida

Expresa el deseo desordenado de autonomía, superioridad, reconocimiento y dominio. La persona pretende ocupar el centro, rechaza su dependencia de Dios y busca la propia excelencia sin referencia a la verdad ni al servicio.

Estas tres formas no agotan todas las manifestaciones de la concupiscencia, pero ayudan a comprender cómo el desorden interior puede afectar al placer, a la posesión y al poder.

Concupiscencia y pecado personal

La inclinación no equivale a culpa

La concupiscencia no constituye pecado personal porque carece, mientras permanece como inclinación espontánea, del acto deliberado de la voluntad. La persona no incurre en culpa por experimentar un deseo que no ha elegido.

Esta afirmación protege la verdad sobre la libertad humana y evita escrúpulos. Una conciencia escrupulosa puede interpretar cualquier pensamiento involuntario como una ofensa a Dios. La doctrina católica exige discernir si existió advertencia suficiente, consentimiento real y voluntad de mantener el desorden.

El consentimiento puede ser pecado

La inclinación se convierte en pecado cuando la voluntad la adopta libremente. La malicia moral no procede de la mera presencia del impulso, sino de su aceptación voluntaria. La concupiscencia puede ser causa, ocasión o materia de pecado, pero necesita el consentimiento para convertirse en acto moralmente imputable.4,7

La gravedad del pecado depende del objeto elegido, de la materia, del conocimiento y del grado de libertad. Una persona puede consentir de manera plena o imperfecta. El hábito, la pasión, la inmadurez, la angustia o una perturbación psicológica pueden reducir la responsabilidad, aunque no transformen el desorden en un bien.

La lucha espiritual

La vida cristiana incluye una lucha permanente contra la concupiscencia. Esta lucha no debe entenderse como odio al cuerpo ni como desprecio de la creación. Consiste en ordenar la persona entera hacia Dios, sometiendo los deseos a la verdad y permitiendo que la caridad gobierne las decisiones.

Los medios ordinarios de esta lucha incluyen:

  • La oración, que pide la gracia de no caer en la tentación.
  • La vigilancia, que reconoce los primeros movimientos y evita alimentarlos.
  • La penitencia, que restaura la amistad con Dios después del pecado.
  • La Eucaristía, que fortalece la unión con Cristo.
  • La dirección espiritual y el examen de conciencia, que ayudan a discernir las causas y los patrones de las caídas.
  • La templanza, que modera el uso de los bienes sensibles.
  • La castidad, que integra la sexualidad en el amor verdadero.
  • La humildad, que reconoce la propia debilidad y la necesidad de la gracia.
  • La caridad, que desplaza el centro de la vida desde la satisfacción egoísta hacia el amor a Dios y al prójimo.

La ascesis cristiana no pretende alcanzar una independencia absoluta respecto de Dios. Al contrario, la lucha contra la concupiscencia conduce a una dependencia más consciente de la gracia.

Errores doctrinales sobre la concupiscencia

La doctrina católica evita dos posiciones extremas.

El rechazo de la materia y del cuerpo

El maniqueísmo atribuyó el mal a una naturaleza material ajena a Dios. La fe católica rechaza esta concepción: Dios creó el cuerpo y toda la realidad material, y la creación es buena. La concupiscencia no procede de una sustancia mala, sino del desorden accidental introducido por el pecado. Dios no abandona la naturaleza humana, sino que la sana por su misericordia.8

La negación de la herida del pecado

El pelagianismo minimizó la necesidad de la gracia y presentó al ser humano como capaz de alcanzar el bien sobrenatural por sus propias fuerzas. La enseñanza católica sostiene que la concupiscencia manifiesta una herida real y que la voluntad necesita la gracia para realizar el bien sobrenatural y perseverar en él.8

La posición católica mantiene simultáneamente tres verdades:

  1. La naturaleza humana procede de Dios y es buena.
  2. El pecado original hirió esa naturaleza y dejó en ella la concupiscencia.
  3. Cristo comunica la gracia que sana y fortalece, sin eliminar completamente la lucha durante esta vida.

La concupiscencia en la vida moral

La concupiscencia influye en la conducta moral porque puede oscurecer el juicio, debilitar la voluntad y hacer atractivo un bien parcial presentado fuera de su orden. La educación moral no consiste solamente en aprender normas externas, sino también en formar los deseos, los hábitos y la conciencia.

Las virtudes adquieren aquí una función decisiva:

  • La prudencia discierne el bien concreto que debe realizarse.
  • La justicia ordena las relaciones con Dios y con el prójimo.
  • La fortaleza permite resistir la presión del deseo y soportar la dificultad.
  • La templanza modera la atracción de los placeres.
  • La fe orienta la inteligencia hacia la verdad revelada.
  • La esperanza sostiene el deseo de la vida eterna.
  • La caridad une toda la vida con Dios y ordena los demás amores.

La persona virtuosa no deja necesariamente de experimentar inclinaciones desordenadas. La virtud le permite responder a ellas de modo libre, estable y conforme al bien.

La liberación definitiva

La concupiscencia pertenece a la condición histórica de la humanidad herida. No tendrá lugar en la vida gloriosa. La tradición cristiana contempla la resurrección y la visión de Dios como la consumación de la sanación humana: la razón conocerá plenamente el bien, la voluntad lo amará sin desviación y los apetitos estarán perfectamente integrados en la persona glorificada.

San Agustín expresa esta esperanza al enseñar que llegará el momento en que ya no existirá la concupiscencia contra la que el cristiano debe luchar. La victoria definitiva no procede de una capacidad humana autónoma, sino de la plenitud de la redención obrada por Cristo.2

Síntesis doctrinal

La enseñanza católica sobre la concupiscencia puede resumirse así:

  • La concupiscencia significa, en sentido teológico estricto, una inclinación del apetito sensible contraria al orden de la razón.
  • Procede de la herida del pecado original y de la pérdida de la justicia original.
  • Permanece después del bautismo, aunque el bautismo borra la culpa del pecado original.
  • No es pecado en sí misma.
  • La tentación o el primer movimiento involuntario no equivale al consentimiento.
  • El pecado aparece cuando la voluntad acepta deliberadamente el desorden.
  • La concupiscencia puede disminuir la facilidad para obrar bien, pero no obliga de manera absoluta a pecar.
  • La gracia no elimina la concupiscencia durante esta vida, sino que sana, fortalece y libera progresivamente la voluntad.
  • La cooperación entre la libertad humana y la gracia permite crecer en las virtudes.
  • La liberación plena de la concupiscencia llegará con la glorificación del ser humano en la vida eterna.

La concupiscencia manifiesta la herida del pecado, pero también hace visible la necesidad de la redención. En Cristo, la persona no queda condenada a obedecer todo impulso que aparece en su interior: recibe la gracia para resistir, ordenar sus deseos y avanzar libremente hacia el bien.

Citas y referencias

  1. Capítulo dos: amarás a tu prójimo como a ti mismo, Catecismo de la Iglesia Católica, 2515 (1992). 2 3 4
  2. Concupiscencia, cuánto está en nosotros; los bautizados no son perjudicados por la concupiscencia, sino sólo por el consentimiento a ella, Agustín de Hipona. Sobre el mérito y el perdón de los pecados, y el bautismo de los niños, 28. 2 3 4 5 6 7
  3. Objeciones, Tomás de Aquino. Cuestiones disputadas sobre el mal, 4.2.obj (1272). 2 3 4
  4. Concupiscencia. Enciclopedia Católica, Concupiscencia (1913). 2 3 4 5
  5. Capítulo 39 [XXXIV] - tres cosas buenas y loables en el matrimonio, Agustín de Hipona. Sobre la gracia de Cristo y sobre el pecado original - Libro II, 39. 2
  6. Tomás de Aquino. Cuestiones disputadas sobre el mal, 4.2.resp (1272). 2 3
  7. Los diez mandamientos - El noveno y décimo mandamiento - Importancia de la instrucción sobre estos dos mandamientos, Papa Pío V. Catecismo del Concilio de Trento, Los diez mandamientos - El noveno y décimo mandamiento (1566). 2 3
  8. Demuestra que la opinión de los católicos es el término medio entre la de los maniqueos y los pelagianos, y refuta a ambos, Agustín de Hipona. Contra dos cartas de los pelagianos, Libro III. Capítulo 25 [IX.] (420). 2
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