La oposición de la Iglesia católica a la eutanasia y el suicidio asistido se basa en principios fundamentales de la fe cristiana, que subrayan la sacralidad de toda vida humana desde la concepción hasta la muerte natural.
Dignidad inviolable de la persona humana
La vida humana posee una dignidad infinita porque está creada a imagen y semejanza de Dios, y redimida por Cristo. Esta dignidad no depende de la edad, el estado de salud o la utilidad social, sino de su origen divino. Como afirma el Magisterio, «cada vida tiene el mismo valor y dignidad para todos: el respeto a la vida del otro es el mismo que se debe a la propia vida».2,4 Permitir la eutanasia equivaldría a negar esta igualdad radical, tratando al débil como desechable en una cultura del descarte.5
La eutanasia, definida como «una acción u omisión que de por sí o por intención causa la muerte, a fin de eliminar todo sufrimiento», viola esta dignidad al usurpar el dominio de Dios.2 Incluso en casos de sufrimiento extremo, la compasión verdadera implica compartir el dolor, no provocarlo ni acelerarlo.1
Señorío de Dios sobre la vida y la muerte
Dios es el único Señor de la vida: «Yo hago venir la muerte y la vida» (Dt 32,39). Ningún ser humano puede arrogarse el derecho de decidir cuándo termina una vida inocente.1,6 El suicidio asistido agrava esta usurpación al implicar a otro en el rechazo de la esperanza teologal y el pacto familiar humano.2 San Juan Pablo II lo equipara a un asesinato o suicidio, rechazando cualquier atenuante subjetivo que altere su maldad objetiva.1
El Catecismo de la Iglesia Católica lo expresa con claridad: «La eutanasia intencional, cualquiera que sea sus formas o sus motivos, es un homicidio. Es gravemente contraria a la dignidad de la persona humana y al respeto debido al Dios vivo, su Creador».3 Esta enseñanza se fundamenta en la ley natural, la Palabra de Dios y la Tradición apostólica.2
