La doctrina católica sobre la procreación se basa en la comprensión del matrimonio como alianza sacramental ordenada a la comunión de los esposos y a la transmisión de la vida. El acto conyugal, por su estructura íntima, une a los cónyuges y los capacita para generar nueva vida conforme a las leyes inscritas en la naturaleza humana.4 Cualquier intervención que reemplace este acto con procedimientos técnicos externos atenta contra la dignidad de la procreación, que debe ser fruto del amor recíproco y total de los esposos, no de la acción de terceros.2
Dignidad del embrión humano
Desde el momento de la concepción, el embrión es un ser humano completo con derechos inalienables, incluyendo el derecho a la vida. La Iglesia enseña que el fruto de la generación humana exige respeto incondicional, tratándose como persona desde el instante en que se forma el cigoto.3,5 Procedimientos artificiales que producen embriones sobrantes o los exponen a la destrucción equivalen a una grave ofensa contra la vida inocente.2,6
Unidad del acto conyugal
La procreación debe respetar la inseparabilidad entre los aspectos unitivo y procreativo del matrimonio. Sustituir el acto conyugal por técnicas de laboratorio rompe esta unidad, convirtiendo al niño en producto de una intervención tecnológica en lugar de don del amor esponsal.1,7
