La promiscuidad se refiere a la multiplicidad de encuentros sexuales casuales fuera del marco del matrimonio sacramental, donde la sexualidad pierde su dimensión unitiva y procreativa. Según la enseñanza católica, la sexualidad no es un mero instinto biológico, sino un don divino que involucra la totalidad de la persona.1 Cualquier uso de la facultad sexual al margen del amor conyugal total y exclusivo se considera gravemente desordenado.2
La Iglesia distingue entre la orientación y los actos: mientras la inclinación no es pecaminosa en sí, los actos promiscuos —como la fornicación, definida como unión carnal entre personas no casadas— atentan contra la dignidad humana y escandalizan especialmente a los jóvenes.3 Esta visión se basa en la antropología cristiana, que ve el cuerpo como templo del Espíritu Santo, inseparable del alma en la acción moral.4
