La Conferencia ocurrió en el V Centenario de la evangelización de América. La conmemoración impulsó una reflexión sobre el pasado, el presente y el futuro de la Iglesia latinoamericana, no desde el triunfalismo, sino desde la acción de gracias, la penitencia y la responsabilidad evangelizadora. La Santa Sede presentó aquel aniversario como una ocasión para renovar la misión de la Iglesia en todos los países y sectores de la sociedad.3
Santo Domingo continuó el camino iniciado por las conferencias episcopales de Río de Janeiro-1955-, Medellín-1968- y Puebla-1979-. Juan Pablo II recordó que aquellas asambleas habían reunido a los obispos latinoamericanos en torno a Jesucristo y que la nueva conferencia debía afrontar las transformaciones de la época con fidelidad a la identidad católica.4,5
La preparación contó con la participación de las conferencias episcopales nacionales y con la ayuda del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM). El objetivo consistía en profundizar las orientaciones de Medellín y Puebla y promover una evangelización capaz de penetrar en el corazón de las personas y en las culturas de los pueblos.6




