El sacramento de la Confirmación tiene sus raíces en las Escrituras, donde el Espíritu Santo desempeña un papel crucial en la vida y misión de Jesús, y ocupa un lugar destacado en la vida cristiana1. Los discípulos fueron revestidos con «poder de lo alto» (Lucas 24:46-49; Hechos 1:4-5, 8) antes de convertirse en testigos del Resucitado1. En los Hechos de los Apóstoles, se relata cómo el Espíritu descendió sobre los discípulos en Pentecostés (Hechos 2:1-11) y sobre muchos otros, incluidos los gentiles (Hechos 10:45), quienes de este modo proclamaron y dieron testimonio de Cristo y del Evangelio1.
Algunos pasajes bíblicos distinguen la recepción del Bautismo de una posterior efusión del Espíritu, vinculada a la intervención de los apóstoles mediante la imposición de manos sobre los cristianos ya bautizados (Hechos 8:14-17; 19:5-6; Hebreos 6:2)2,1. Un ejemplo significativo es el episodio en Samaría, donde Pedro y Juan fueron enviados desde Jerusalén para orar por aquellos que habían recibido la palabra de Dios y habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús, para que recibieran el Espíritu Santo mediante la imposición de manos2. San Pablo también escribe sobre Dios, quien nos ha «ungido y nos ha puesto su sello, y nos ha dado el Espíritu en nuestros corazones como arras» (2 Corintios 1:21-22)2. Este tema del Espíritu Santo como un «sello real» que Cristo imprime en sus ovejas es la base de la doctrina del carácter indeleble conferido por este rito2.
Desde tiempos apostólicos, la plena comunicación del don del Espíritu Santo a los bautizados se ha significado eficazmente mediante la imposición de manos3. Muy pronto se añadió una unción con aceite perfumado, llamado crisma, para expresar mejor el don del Espíritu Santo3,4. En los primeros siglos, la Confirmación generalmente constituía «una única celebración con el Bautismo, formando con él un 'sacramento doble', según la expresión de San Cipriano»3. Esta práctica se ha conservado hasta el día de hoy en las Iglesias Orientales3,5. Sin embargo, en Occidente, por diversas razones, la Confirmación comenzó a celebrarse más tarde, y normalmente hay un intervalo entre los dos sacramentos3,5.
Los Padres de la Iglesia consideraban que los ritos de iniciación (Bautismo, Confirmación y la Eucaristía) fueron instituidos por Cristo6. Durante los primeros cuatro siglos, la palabra «Confirmación» no se utilizaba para designar este sacramento, pero se empleaban otros términos y frases que se referían claramente a él6. San Isidoro de Sevilla, en la temprana Edad Media, explicó que «Crisma», que en latín significa «unción», da nombre a Cristo, y que el hombre es santificado después del lavacro bautismal. De la misma manera que el Bautismo otorga la remisión de los pecados, la unción confiere la santificación del Espíritu. La imposición de manos se realiza para invitar al Espíritu Santo a descender, pues después de que los cuerpos han sido purificados y bendecidos, el Paráclito desciende voluntariamente del Padre6.
Con el paso del tiempo, el rito de la unción se configuró como un sacramento en sí mismo, adoptando diversas formas y contenidos en distintas épocas y ritos de la Iglesia2.

