De la colaboración jerárquica a la responsabilidad bautismal
La Iglesia siempre contó con la participación de los laicos. Durante los siglos XIX y XX, esta participación adquirió formas más organizadas, especialmente en la Acción Católica, las asociaciones parroquiales, las obras sociales y las Congregaciones Marianas.
La concepción anterior al Concilio Vaticano II describía con frecuencia el apostolado laical como colaboración con la jerarquía. Este modelo subrayaba la obediencia, la unidad de acción y la dependencia de los responsables eclesiásticos. Cumplió una función histórica importante en épocas de secularización, conflicto ideológico y debilitamiento de las instituciones católicas.
Pablo VI explicó en 1964 que el bautismo y la confirmación confieren a los laicos el deber, el derecho y el honor de ejercer el apostolado según su condición propia. Añadió que la Iglesia había entrado en una etapa en la que la jerarquía debía llamar y urgir a los seglares a asumir su responsabilidad evangelizadora.
El Concilio Vaticano II
El Concilio Vaticano II produjo una renovación decisiva de la comprensión del laicado. La constitución Lumen gentium presentó a la Iglesia como Pueblo de Dios y enseñó que todos los bautizados participan, según su propia vocación, en la misión de Cristo.
El decreto Apostolicam actuositatem afirmó la llamada universal de los laicos al apostolado. El laico no recibe su misión únicamente por una delegación externa de la jerarquía, sino también por su incorporación sacramental a Cristo. La familia, el trabajo, la cultura y la vida social constituyen ámbitos propios de su responsabilidad apostólica.
Pablo VI recordó que María ofrece el modelo perfecto de vida espiritual y apostólica: vivió una existencia ordinaria, unida íntimamente a su Hijo, y cooperó de manera singular con la obra de la salvación.
Del modelo de organización al modelo comunitario
La evolución conciliar no eliminó la autoridad eclesial ni la necesidad de una dirección espiritual. Modificó, sin embargo, la manera de comprender la relación entre autoridad, responsabilidad y discernimiento.
La asociación tradicional tendía a funcionar mediante:
- Reglamentos detallados.
- Cargos estables.
- Programas generales.
- Dirección centralizada.
- Obediencia a decisiones previamente establecidas.
- Separación relativamente marcada entre quienes dirigían y quienes ejecutaban.
La renovación posterior favoreció:
- Comunidades pequeñas.
- Participación corresponsable.
- Discernimiento comunitario.
- Lectura creyente de la realidad.
- Revisión de vida.
- Misión apostólica contextualizada.
- Colaboración entre laicos, sacerdotes y religiosos.
La autoridad dejó de comprenderse principalmente como control de actividades y pasó a ejercer también una función de acompañamiento, comunión, formación y confirmación del discernimiento eclesial.