La necesidad de una estructura centralizada para la propagación de la fe católica surgió en el siglo XVI, impulsada por los nuevos descubrimientos geográficos y la expansión colonial, así como por la necesidad de contrarrestar el avance del protestantismo1. Inicialmente, el trabajo de evangelización era gestionado por comisiones cardenalicias temporales. Una de las primeras fue instituida por el Papa Gregorio XIII (1572-1585), enfocada en la unión con Roma de los cristianos orientales1. Esta comisión, presidida por el Cardenal Santorio, abordó necesidades prácticas como la fundación de seminarios extranjeros y la impresión de catecismos en múltiples idiomas1.
La debilidad de estas comisiones radicaba en su naturaleza personal y transitoria, dependiendo de la energía de sus miembros y de la continuidad papal1. Para asegurar la permanencia de esta labor, el Papa Gregorio XV estableció formalmente la Sacra Congregatio de Propaganda Fide en 16221,2. Esta fundación marcó una nueva era en la historia de las misiones, caracterizada por un sentido más profundo de unidad y catolicidad en las directrices del apostolado misionero2. El sucesor de Gregorio XV, Urbano VIII (1623-1644), quien había sido uno de los miembros originales de la congregación, continuó su organización y expansión1.
