Inicio de la causa
Una persona física o jurídica puede promover una causa ante el obispo competente. El obispo debe valorar si existe una fama extendida y estable de santidad, martirio o intercesión. La devoción personal de algunos fieles, por sí sola, no basta para justificar una investigación formal.
Tras la apertura de la causa, el candidato recibe el título de Siervo de Dios. La diócesis recopila sus escritos, examina sus actividades y escucha a los testigos que puedan aportar información relevante.
Investigación diocesana
La fase diocesana procura reconstruir la vida del candidato con criterios históricos y jurídicos. El tribunal recoge declaraciones, estudia documentos y analiza tanto los indicios favorables como las objeciones.
La investigación debe buscar la verdad histórica mediante pruebas testimoniales y documentales completas. La finalidad no consiste en crear una imagen idealizada del candidato, sino en discernir con rigor la autenticidad de su vida cristiana, de su martirio o de los hechos extraordinarios atribuidos a su intercesión.
Examen romano
El Dicasterio recibe las actas y comprueba la validez de la investigación. Después, un relator acompaña la preparación de la Positio, el expediente que organiza las pruebas y presenta la cuestión que debe resolver la autoridad eclesial.
Los consultores históricos, teólogos, médicos y otros especialistas intervienen según la naturaleza de la causa. Sus dictámenes proporcionan elementos técnicos para el examen de las virtudes, del martirio o del milagro.
La causa pasa posteriormente a la consideración de los cardenales y obispos del Dicasterio. Una conclusión favorable permite presentar la cuestión al Romano Pontífice, cuya aprobación resulta necesaria para la promulgación del decreto correspondiente.
Declaración pontificia
El Papa autoriza la publicación de los decretos relativos a la heroicidad de las virtudes, al martirio o a los milagros. Según la decisión pontificia, el candidato puede recibir el título de venerable, beato o santo.
La canonización constituye el acto por el que el Romano Pontífice declara que un fiel participa de la gloria celestial y ordena que reciba culto público en toda la Iglesia. La decisión pontificia posee una autoridad singular dentro de la vida eclesial.