El Concilio Vaticano II subrayó la riqueza que las Iglesias Orientales aportan a la Iglesia universal, mostrando su pluralidad en la unidad. El Decreto Orientalium Ecclesiarum comienza afirmando que la Iglesia Católica valora enormemente las instituciones de las Iglesias Orientales, sus ritos litúrgicos, tradiciones eclesiásticas y su ordenamiento de la vida cristiana. Se reconoce que en estas Iglesias, que se distinguen por su venerable antigüedad, se hace evidente la tradición apostólica y patrística, que forma parte de la herencia divinamente revelada e indivisa de la Iglesia universal1. Este reconocimiento sentó las bases para el trabajo de la Congregación, cuyo objetivo es asegurar que estas Iglesias florezcan y cumplan con renovada fuerza apostólica la tarea que se les ha encomendado1.
La Congregación expresa la preocupación de la Iglesia universal por las Iglesias Orientales, buscando que todos se familiaricen plenamente con este tesoro. Esto fomenta un deseo de que se restablezca la plena manifestación de la catolicidad de la Iglesia en el mundo, expresada no por una única tradición, ni mucho menos por una comunidad en oposición a otra, sino por la riqueza de múltiples tradiciones1.

