La oración por los difuntos existía mucho antes de la institución de una celebración anual dedicada a todos ellos. Los primeros cristianos conservaron la costumbre judía de orar por los muertos y la integraron en la fe en Cristo muerto y resucitado.
Las inscripciones funerarias cristianas antiguas incluyen peticiones por la paz, la luz, el descanso y la vida eterna de los fallecidos. Algunas inscripciones invitaban expresamente a quienes las leían a rezar por el difunto. La práctica de visitar las tumbas para orar aparece también en los testimonios de la Iglesia antigua.
Las primeras comunidades cristianas recordaban a los difuntos en la celebración eucarística. Los nombres de los fallecidos podían inscribirse en los dípticos, unas listas litúrgicas utilizadas para conservar la memoria de los miembros de la Iglesia y presentarlos en la oración.
En Cartago, san Cipriano testimonia durante el siglo III la celebración anual de la memoria de los mártires y la ofrenda del sacrificio eucarístico en los aniversarios de su muerte. La expresión dies natalis, «día del nacimiento», designaba el día de la muerte del mártir entendido como nacimiento para la vida eterna.
Los antiguos textos litúrgicos confirman esta continuidad. Las liturgias de las distintas tradiciones cristianas contienen conmemoraciones de los fieles difuntos y peticiones por el perdón de sus pecados, su descanso y su entrada en la vida eterna.
Distinción entre la práctica antigua y una fiesta universal
La Iglesia antigua oraba por difuntos concretos, celebraba aniversarios funerarios y conmemoraba a los mártires y a los miembros fallecidos de las comunidades. Sin embargo, no existía todavía una fiesta universal fijada el 2 de noviembre para todos los difuntos.
Durante la Alta Edad Media aparecieron jornadas colectivas en monasterios. En la primera mitad del siglo IX, diversas comunidades monásticas comenzaron a reunir en una misma fecha la memoria de sus monjes fallecidos y de sus benefactores, aunque el día variaba según cada institución. En el año 800, por ejemplo, los monasterios de Saint Gall y Reichenau acordaron una conmemoración anual conjunta de sus religiosos difuntos, acompañada de Misas y del rezo del salterio.
En la península ibérica también existieron conmemoraciones de difuntos anteriores a la fiesta cluniacense. La tradición hispánica conoció celebraciones vinculadas a determinados sábados del año litúrgico, especialmente en torno a Pentecostés o a otros tiempos penitenciales.