La palabra conmiseración procede del latín commiseratio, relacionado con misereri, «compadecerse» o «tener misericordia». El término expresa una participación afectiva en la desgracia de otra persona. Quien siente conmiseración no contempla el sufrimiento desde una indiferencia distante, sino que lo acoge interiormente como un mal que afecta a alguien semejante a él.
La conmiseración comprende dos movimientos relacionados:
- La percepción del sufrimiento ajeno, corporal, psicológico, moral o espiritual.
- La inclinación a prestar ayuda, consuelo, compañía, consejo, perdón o auxilio material.
Santo Tomás de Aquino describe la misericordia, en cuanto pasión, como la tristeza causada por la desgracia de otro, especialmente cuando la persona reconoce que aquel mal podría afectarle también a ella. La caridad intensifica esta identificación porque quien ama considera al prójimo como «otro yo» y recibe su dolor como propio.1
La conmiseración cristiana no equivale, por tanto, a una emoción pasajera producida por una imagen dolorosa o por una noticia trágica. La emoción puede constituir su comienzo, pero alcanza su sentido pleno cuando conduce a una respuesta conforme a la verdad, la justicia y la caridad.


