El conocimiento teológico, a menudo descrito como «la fe que busca el entendimiento» (fides quaerens intellectum), no busca establecer lo que debe ser creído, sino profundizar en la comprensión de lo ya revelado por Dios y aceptado por la fe1. Se asienta en principios que son los artículos de fe, y a partir de ellos, busca demostrar otras verdades dentro de la ciencia teológica1.
Revelación Divina y Tradición Sagrada
La base fundamental del conocimiento teológico es la revelación divina, que se manifiesta en la Sagrada Escritura y en la Tradición Sagrada1. La Constitución dogmática Dei Verbum del Concilio Vaticano II subraya la estrecha unión entre ambas, afirmando que «la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura están íntimamente unidas y compenetradas»1. Ambas constituyen un único depósito sagrado de la Palabra de Dios, confiado a la Iglesia, y deben ser aceptadas y veneradas con igual piedad y reverencia1. Esta unidad asegura que la teología se mantenga arraigada en la fuente divina de la fe1.
La Razón al Servicio de la Fe
La relación entre fe y razón es un pilar en la tradición católica. La encíclica Fides et Ratio del Papa Juan Pablo II (1998) explica que la razón no tiene la función de juzgar el contenido de la fe, ya que sería incapaz de ello, sino de encontrar significado y explicaciones que permitan comprender la fe1. La teología se estructura como una comprensión de la fe mediante una metodología dual: el auditus fidei (escucha de la fe) y el intellectus fidei (entendimiento de la fe)1. El primero asimila el contenido de la revelación tal como se ha expuesto en la Tradición, la Escritura y el Magisterio vivo de la Iglesia, mientras que el segundo busca responder a las exigencias del pensamiento disciplinado a través de la investigación especulativa1. La razón, iluminada por la fe, permite una consideración racional de los conceptos de la fe, manifestando la conexión de las proposiciones doctrinales y sus implicaciones inteligibles2.
