La promesa de la tierra a Abraham
Desde la alianza establecida con Abraham, Dios prometió a su descendencia una tierra «para siempre» (Génesis 15,18). Esta promesa se reiteró a Isaac y a Jacob, constituyéndose en el fundamento del sentido histórico del pueblo de Israel y en la responsabilidad que la fe implica para toda la humanidad1. El Catecismo de la Iglesia Católica subraya que la elección de Abraham y el pacto con sus descendientes son la raíz de la revelación salvadora destinada a todos los pueblos2.
El mandato divino en Deuteronomio y Josué
En el libro de Deuteronomio se registra el mandato de Dios a Israel de «destruir totalmente» a los habitantes de Canaán, prohibiendo cualquier alianza o intermarzo que pudiera contaminar la fe del pueblo elegido3. Josué, como sucesor de Moisés, recibe la comisión de ejecutar este «ban» o «hermandad de la destrucción», que se presenta como cumplimiento de la justicia divina contra pueblos considerados culpables de graves pecados4.

