La entrada en la tierra prometida
Después de la muerte de Moisés, Josué asumió la conducción del pueblo de Israel. El paso del Jordán abrió el camino hacia Canaán y situó a Jericó como la primera gran ciudad fortificada que los israelitas encontraron en la tierra prometida.
Antes del ataque, Josué envió dos exploradores a Jericó. Ambos entraron en la casa de Rajab, una mujer que vivía junto a la muralla. Cuando el rey de la ciudad ordenó capturarlos, Rajab los ocultó bajo unas gavillas de lino y desorientó a los perseguidores. Luego confesó su fe en el Dios de Israel, pues había oído hablar del éxodo de Egipto y de las victorias concedidas a Israel al otro lado del Jordán.1
Rajab pidió protección para sus padres, hermanos y parientes. Los exploradores prometieron salvar a todos los que permanecieran dentro de su casa durante la toma de la ciudad, con una condición: Rajab debía colgar en la ventana un cordón escarlata que permitiera identificar la vivienda. El signo vinculaba la protección de la familia con la fidelidad a la palabra dada.1
La procesión alrededor de las murallas
El Señor comunicó a Josué el procedimiento de la conquista. Durante seis días, los israelitas debían rodear la ciudad una vez cada día. Siete sacerdotes caminarían delante del Arca de la Alianza llevando siete trompetas de cuerno de carnero. En el séptimo día, el pueblo rodearía Jericó siete veces. Al sonido prolongado de las trompetas, todo el pueblo lanzaría un gran grito.2
El relato presenta una operación que no responde a las técnicas ordinarias de un asedio. El Arca ocupa el centro de la procesión, los sacerdotes preceden al pueblo y el silencio de los israelitas domina los primeros días. La victoria no nace de la superioridad militar, sino de la obediencia a una orden divina.
Al séptimo día, después de la séptima vuelta, Josué mandó gritar. Las murallas cayeron y los israelitas entraron en la ciudad. El texto atribuye expresamente la victoria al Señor y no a la fuerza de las armas.2
Rajab y la conservación de su familia
Los exploradores cumplieron el juramento contraído con Rajab. Ella, sus padres, sus hermanos y todos sus parientes fueron sacados de la ciudad y puestos a salvo. La familia quedó vinculada al pueblo de Israel.
Este detalle impide reducir el relato a una simple narración de destrucción. En medio del juicio aparece la misericordia divina hacia quien reconoce la acción de Dios y protege a sus enviados. Rajab representa al extranjero que acoge la fe y recibe un lugar dentro de la historia de la salvación.2



