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Conquista de Jericó

La conquista de Jericó constituye uno de los episodios más conocidos del libro de Josué. El relato presenta la caída de la ciudad ante Israel después de una procesión ritual en torno a sus murallas, la salvación de Rajab y de su familia, y la consagración de la ciudad al juicio divino. La Iglesia lee este acontecimiento dentro de la historia de la salvación, atendiendo tanto a su sentido teológico como a la pedagogía progresiva de la revelación bíblica.

Conquista de Jericó
Ver información de la imagenTel Beit Shemesh, Israel, c. 2023. Original, Bukvoed, CC BY 4.0 📄
Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreConquista de Jericó
CategoríaEvento
DescripciónEl relato bíblico narra que Josué, tras la muerte de Moisés, condujo a Israel alrededor de las murallas de Jericó siete días; al séptimo día, al sonido de trompetas y un grito, las murallas colapsaron y la ciudad fue consagrada al Señor. Muestra la victoria divina, la obediencia del pueblo y la misericordia a quien reconoce a Dios (ej. Rajab)
Aplicación moralInvita a la obediencia a Dios, a la confianza en su gracia y a ejercer la misericordia sin justificar la violencia religiosa.
Autoridad eclesiásticaComisión Bíblica Pontificia
Contexto bíblicoLibro de Josué; ocurre después del cruce del Jordán y la entrada a la tierra prometida.
Contexto históricoDebate arqueológico sobre la destrucción de Jericó, con propuestas que sitúan el evento entre el siglo XV a.C. y el final de la Edad del Bronce.
Descripción breveCaída de la ciudad de Jericó tras una procesión ritual con el Arca de la Alianza, según el libro de Josué.
EnseñanzasDios cumple sus promesas; la victoria pertenece a Él; la fe requiere obediencia y paciencia; la misericordia abre camino a los que aceptan la fe.
Interpretación tradicionalInterpretada como intervención sobrenatural, símbolo de fe y preludio de la Pascua de Cristo, no como hazaña militar.
Personas relacionadasJosué, Rajab, exploradores israelitas
Referencias bíblicasJosué 6; Hebreos 11:30
TipoSuceso histórico, XV a.C., Conquista bíblica
UbicaciónJericó, Tierra Prometida
Vicio contrarioViolencia humana motivada por odio o ambición
VirtudesFe, obediencia, misericordia

Tabla de contenido

Relato bíblico

La entrada en la tierra prometida

Después de la muerte de Moisés, Josué asumió la conducción del pueblo de Israel. El paso del Jordán abrió el camino hacia Canaán y situó a Jericó como la primera gran ciudad fortificada que los israelitas encontraron en la tierra prometida.

Antes del ataque, Josué envió dos exploradores a Jericó. Ambos entraron en la casa de Rajab, una mujer que vivía junto a la muralla. Cuando el rey de la ciudad ordenó capturarlos, Rajab los ocultó bajo unas gavillas de lino y desorientó a los perseguidores. Luego confesó su fe en el Dios de Israel, pues había oído hablar del éxodo de Egipto y de las victorias concedidas a Israel al otro lado del Jordán.1

Rajab pidió protección para sus padres, hermanos y parientes. Los exploradores prometieron salvar a todos los que permanecieran dentro de su casa durante la toma de la ciudad, con una condición: Rajab debía colgar en la ventana un cordón escarlata que permitiera identificar la vivienda. El signo vinculaba la protección de la familia con la fidelidad a la palabra dada.1

La procesión alrededor de las murallas

El Señor comunicó a Josué el procedimiento de la conquista. Durante seis días, los israelitas debían rodear la ciudad una vez cada día. Siete sacerdotes caminarían delante del Arca de la Alianza llevando siete trompetas de cuerno de carnero. En el séptimo día, el pueblo rodearía Jericó siete veces. Al sonido prolongado de las trompetas, todo el pueblo lanzaría un gran grito.2

El relato presenta una operación que no responde a las técnicas ordinarias de un asedio. El Arca ocupa el centro de la procesión, los sacerdotes preceden al pueblo y el silencio de los israelitas domina los primeros días. La victoria no nace de la superioridad militar, sino de la obediencia a una orden divina.

Al séptimo día, después de la séptima vuelta, Josué mandó gritar. Las murallas cayeron y los israelitas entraron en la ciudad. El texto atribuye expresamente la victoria al Señor y no a la fuerza de las armas.2

Rajab y la conservación de su familia

Los exploradores cumplieron el juramento contraído con Rajab. Ella, sus padres, sus hermanos y todos sus parientes fueron sacados de la ciudad y puestos a salvo. La familia quedó vinculada al pueblo de Israel.

Este detalle impide reducir el relato a una simple narración de destrucción. En medio del juicio aparece la misericordia divina hacia quien reconoce la acción de Dios y protege a sus enviados. Rajab representa al extranjero que acoge la fe y recibe un lugar dentro de la historia de la salvación.2

El significado del Arca y de las trompetas

El Arca de la Alianza simboliza la presencia activa de Dios en medio de su pueblo. Israel no marcha como una fuerza autónoma que pretende conquistar mediante sus propios recursos; camina detrás del signo de la alianza. La disposición de la procesión proclama que la tierra no pertenece al capricho de los guerreros, sino al Señor.

Las trompetas cumplen una función litúrgica y no meramente militar. Su sonido convoca al pueblo, anuncia la intervención divina y acompaña la alabanza. La conquista adopta la forma de una procesión sagrada: el pueblo obedece, espera y proclama la victoria que Dios concede.

La peculiaridad de Jericó aparece también en la desproporción entre los medios utilizados y el resultado obtenido. La Comisión Bíblica Pontificia observa que las narraciones de la conquista acentúan la victoria del débil sobre el poderoso y presentan la caída de las murallas como fruto de la procesión con el Arca, no de un asalto militar ordinario.3

La consagración de Jericó y el concepto de guerra santa

El anatema

El relato afirma que Jericó quedó consagrada al Señor para la destrucción. En este contexto aparece el concepto hebreo de ḥerem, que suele traducirse como anatema o consagración irrevocable. Los bienes destinados al Señor no podían convertirse en botín privado. El oro, la plata, el bronce y el hierro debían ingresar en el tesoro sagrado, mientras que la ciudad quedaba sometida al juicio descrito por el relato.2

Esta institución pertenece al mundo religioso y jurídico del antiguo Israel. No autoriza a individuos o comunidades posteriores a emprender guerras en nombre de Dios. La Biblia presenta el anatema como una disposición excepcional vinculada a la Alianza y a una etapa concreta de la revelación.

Justicia divina y violencia humana

El relato plantea una dificultad moral real: ¿cómo puede compaginarse la justicia de Dios con la destrucción de una ciudad y de sus habitantes?

La interpretación católica distingue entre la justicia divina y la violencia humana movida por odio, ambición o deseo de dominio. La tradición bíblica presenta a Dios como juez de todas las naciones, incluido Israel. El pueblo elegido nunca recibe una licencia general para ejercer violencia. Cuando Israel abandona la alianza, también queda sometido al juicio de Dios y puede convertirse en instrumento de castigo para otros pueblos. La Comisión Bíblica Pontificia recuerda que el propio Israel, después de haber actuado como instrumento del juicio divino, sufrió a su vez el juicio de las naciones.4

Por tanto, el relato no justifica guerras religiosas contemporáneas ni permite identificar automáticamente una empresa política con la voluntad de Dios. La «guerra santa» bíblica no equivale a una guerra emprendida para imponer una ideología religiosa. En el sentido teológico del libro de Josué, la victoria pertenece al Santo y el pueblo actúa bajo una misión excepcional dentro de la historia de la Alianza.3

La pedagogía progresiva de la revelación

La Escritura contiene relatos que reflejan etapas históricas y culturales distintas. La revelación divina alcanza su plenitud en Jesucristo, que manda amar a los enemigos, perdonar y buscar la reconciliación. Por eso, la lectura cristiana de Jericó debe integrar este pasaje con el conjunto de la Biblia, y especialmente con el Evangelio.

La Comisión Bíblica Pontificia rechaza cualquier interpretación que extraiga de los relatos de la conquista un estímulo para la agresión contra otros pueblos. La justicia debe ejercerse conforme al respeto a la vida, la misericordia y el deseo de reconciliación propios de la enseñanza evangélica.4

El sentido último de estos relatos no consiste en ofrecer un modelo militar aplicable a todas las épocas. La conquista funciona también como símbolo de la acción de Dios en la historia y de la victoria sobre el mal. La tradición cristiana ha visto en el paso de Israel hacia la tierra prometida una figura de la Pascua de Cristo: el pueblo atraviesa de la esclavitud a la libertad, mientras que el creyente está llamado a pasar del pecado a la vida nueva.

Rajab como figura de fe

Rajab ocupa un lugar singular dentro del relato. Aunque era extranjera y pertenecía a una ciudad condenada, reconoció la soberanía del Dios de Israel y actuó con valentía para proteger a los exploradores. Su conducta muestra que la salvación no queda encerrada en una pertenencia étnica.

La narración concede especial importancia a su fidelidad práctica. Rajab no pronuncia únicamente una profesión verbal; arriesga su vida, acoge a los enviados y confía en la promesa recibida. La salvación de su familia manifiesta que la misericordia puede abrir un camino en medio del juicio.

La tradición cristiana leyó a Rajab como figura de la fe que acoge la acción de Dios. Su presencia dentro del relato recuerda que la historia bíblica no divide de modo simplista entre israelitas buenos y extranjeros sin esperanza. El mismo texto que narra el juicio de Jericó conserva también la memoria de una mujer extranjera que recibe protección por su fe y su conducta.

La arqueología y el texto bíblico

El problema histórico

Jericó ha ocupado un lugar central en el debate arqueológico sobre la conquista de Canaán. Las excavaciones han descubierto distintos niveles de ocupación y restos de fortificaciones, pero la datación y la interpretación de esos estratos han provocado controversias. Las propuestas de los investigadores han variado notablemente: algunas situaron la destrucción en torno al siglo XV antes de Cristo; otras la relacionaron con el final de la Edad del Bronce, y determinadas investigaciones propusieron fechas diferentes dentro de ese periodo.5

Las técnicas arqueológicas -como el estudio estratigráfico, la cerámica y la datación mediante carbono-14- han obligado a revisar varias hipótesis. La arqueología trabaja con restos fragmentarios, cuya conservación depende del azar y de las condiciones de cada excavación. Por esta razón, las reconstrucciones históricas pueden corregirse cuando aparecen nuevos datos.6

La relación entre arqueología y revelación

La arqueología puede aportar información valiosa sobre el contexto geográfico, cultural y político de Jericó, pero no puede sustituir la interpretación teológica de la Escritura. Tampoco resulta legítimo convertir una coincidencia material en una demostración automática de todos los detalles narrativos, ni utilizar una dificultad arqueológica aislada para negar el carácter inspirado del libro de Josué.

El texto bíblico emplea formas literarias propias de la historiografía antigua y de la narración teológica. Su finalidad principal consiste en proclamar la acción de Dios en la historia y enseñar que la tierra prometida es don de la Alianza. La investigación histórica puede estudiar la formación del relato, sus posibles etapas y su contexto; la fe, por su parte, reconoce que Dios habla mediante el conjunto de la Escritura.

La verdad revelada mantiene la primacía en la lectura católica. Esto no significa despreciar la arqueología, sino situarla en su ámbito propio. Los hallazgos pueden iluminar el escenario del relato, corregir reconstrucciones humanas y plantear preguntas legítimas, pero la interpretación cristiana no depende de una única teoría arqueológica.6,7

Interpretación espiritual cristiana

Las murallas como imagen del obstáculo

La tradición espiritual ha contemplado las murallas de Jericó como imagen de los obstáculos que impiden al ser humano vivir en comunión con Dios. La caída de las murallas no representa una técnica de autosuperación ni una fórmula mágica. Israel vence mediante la obediencia, la paciencia y la confianza en la presencia divina.

La aplicación cristiana debe mantener la distancia entre el acontecimiento bíblico y su lectura espiritual. El creyente no recibe una promesa de triunfos temporales ni puede interpretar cada fracaso como falta de fe. El episodio invita a perseverar en la fidelidad, a reconocer la primacía de la gracia y a combatir el mal sin convertir a las personas en enemigos absolutos.

La verdadera guerra espiritual

La plenitud del simbolismo aparece en el combate espiritual. La tradición cristiana entiende que la lucha decisiva no consiste en conquistar territorios, sino en resistir el pecado, la mentira y el poder del mal. La victoria pertenece a Cristo, y el cristiano participa en ella mediante la fe, la oración, la conversión y las obras de caridad.

La Comisión Bíblica Pontificia afirma que la imagen de la guerra santa alcanza su verdad plena en el combate espiritual contra el maligno, mientras que su realización histórica permanece imperfecta y marcada por la violencia propia de las guerras humanas.3

Recepción en la tradición cristiana

La Carta a los Hebreos incluye la caída de las murallas de Jericó entre los acontecimientos relacionados con la fe de Israel. La tradición cristiana, por tanto, no ignora el episodio ni lo considera irrelevante, pero lo recibe dentro de una lectura cristológica y espiritual.

Santo Tomás de Aquino relaciona la mención de Jericó en Hebreos con la fe mediante la cual Israel entró en la tierra prometida. Para él, el episodio pertenece a la secuencia de intervenciones divinas que acompañaron la salida de Egipto, el paso del mar y la llegada del pueblo a la herencia prometida.8

La tradición latina también conservó el carácter extraordinario del relato: Josué no tomó Jericó mediante un asalto ordinario, sino mediante la procesión del Arca y el sonido de las trompetas. Esta lectura insiste en que la fuerza decisiva procede de Dios.9

Valor teológico

La conquista de Jericó enseña varias verdades centrales:

  • Dios cumple sus promesas y conduce a su pueblo hacia la tierra prometida.
  • La victoria pertenece al Señor, no al poder militar de Israel.
  • La obediencia y la paciencia forman parte de la fe.
  • La misericordia alcanza a quien acoge la verdad, como manifiesta la salvación de Rajab.
  • El juicio divino no puede confundirse con la violencia humana, la ambición política o el fanatismo religioso.
  • La lectura cristiana debe orientarse hacia Cristo, en quien la revelación alcanza su plenitud y la lucha contra el mal adquiere un sentido espiritual.

La Iglesia lee Jericó dentro de la totalidad de la Escritura: junto al juicio aparecen la misericordia y el perdón; junto a la conquista aparece la exigencia de santidad; junto a las imágenes bélicas aparece la promesa bíblica de una paz universal. El episodio conserva así su fuerza como relato de la acción soberana de Dios, pero no puede utilizarse para justificar la violencia religiosa ni para oscurecer el rostro misericordioso de Dios revelado plenamente en Jesucristo.

Citas y referencias

  1. La Santa Biblia, The New Revised Standard Version, Catholic Edition (NRSV-CE). La Santa Biblia, Josué 2 (1993). 2
  2. Jos. 6, The New Revised Standard Version, Catholic Edition (NRSV-CE). La Santa Biblia, Josué 6 (1993). 2 3 4
  3. Capítulo tercero - La familia humana - Un pueblo en guerra - Los conflictos entre naciones, Pontifical Biblical Commission. «What is Man?» (Sal 8:5). Un itinerario de antropología bíblica, 251 (2019). 2 3
  4. Capítulo tercero - La familia humana - Un pueblo en guerra - Las leyes sobre la guerra, Pontifical Biblical Commission. «What is Man?» (Sal 8:5). Un itinerario de antropología bíblica, 252 (2019). 2
  5. M.Á. Tábet. Tradición e interpretación, 6 (1983).
  6. F. Varo. El marco histórico del Antiguo Testamento. Perspectivas actuales, 35 (1995). 2
  7. Scripta Theologica. Recensiones, 7 (1973).
  8. Capítulo XI, Tomás de Aquino. Comentario a Hebreos, 11.6 (1272).
  9. Capítulo XXII, Sulpicio Severus. Historia Sagrada, Libro I, Capítulo 22.
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