La expresión consagración a Jesús por María describe una entrega cuyo término último es Jesucristo y que se realiza acudiendo a María como madre, modelo de fe e intercesora. El Directorio sobre la piedad popular y la liturgia presenta esta práctica como un medio para vivir fielmente los compromisos bautismales.1
En la teología católica, Dios es quien consagra: santifica al ser humano y lo incorpora a su vida. El cristiano responde a esa iniciativa divina entregándose a Dios y procurando vivir de acuerdo con la gracia recibida. Por esta razón, el Directorio advierte que la expresión «consagración a María» emplea la palabra consagración en un sentido amplio y analógico, no en el mismo sentido propio que la consagración a Dios.1,2
También se emplean los términos entrega, ofrecimiento y confianza. Consagración puede sugerir que María consagra al fiel, pero la santificación procede de Dios. La entrega a María expresa, en cambio, la confianza en su intercesión y la voluntad de vivir como discípulo de Cristo, contando con su ayuda maternal.1,3
La palabra consagración tiene un uso técnico en la liturgia, donde designa una acción sagrada dirigida a Dios y vinculada a la vida sacramental de la Iglesia. La entrega a María no equivale a ese acto ni lo sustituye: pertenece a la devoción y debe distinguirse de las consagraciones litúrgicas.1


