La expresión «consagración a María» pertenece al lenguaje de la devoción mariana. En sentido estricto, Dios consagra y santifica; la persona, en respuesta a la gracia, se entrega a Dios y le ofrece su vida. En este uso devocional, la consagración a María significa confiarse a ella para vivir más plenamente la propia pertenencia a Dios y los compromisos bautismales.3,4
Por ello, el Directorio sobre la piedad popular y la liturgia advierte que aquí la palabra «consagración» se utiliza en sentido amplio y analógico: la práctica guarda semejanza con la consagración a Dios, pero no es idéntica a ella. El Directorio recomienda instruir a los fieles sobre su naturaleza y recuerda que la entrega a María es un acto de devoción, distinto de las consagraciones litúrgicas.1,2
La consagración mariana tampoco añade un sacramento al Bautismo ni reemplaza los compromisos bautismales. Su orientación propia consiste en ayudar a vivirlos con mayor fidelidad. El Directorio describe la práctica como una decisión personal, libre y madura, que no debe depender de una emoción pasajera.1,2



