La consagración implica, en su sentido propio, apartar una realidad del uso común y dedicarla al servicio de Dios mediante una acción sagrada. La tradición teológica distingue entre la consagración realizada por Dios, que santifica y hace suyo al creyente, y la respuesta humana, que consiste en entregarse a Dios y vivir conforme a la gracia recibida.1,2
La consagración cristiana
La consagración fundamental del cristiano procede de Dios y alcanza una expresión sacramental especialmente clara en el Bautismo y la Confirmación. La vida cristiana prolonga esa pertenencia mediante la oración, la conversión, la participación en la Eucaristía y las obras de caridad. El fiel no adquiere una nueva consagración sacramental por pronunciar una fórmula privada ante un santo.
Jesucristo constituye el centro y la fuente de toda santificación. Su humanidad, unida personalmente al Verbo eterno, queda consagrada para la misión salvadora recibida del Padre; por Cristo, los bautizados participan de la filiación divina y ofrecen su vida a Dios.3,4
Uso analógico aplicado a los santos
La expresión «consagración a san Miguel» no puede significar que el arcángel reciba un culto igual al de Dios ni que el fiel pase a pertenecerle como pertenece a la Santísima Trinidad. El uso devocional del término tiene un sentido analógico: expresa la voluntad de vivir bajo la protección de san Miguel, imitar su fidelidad y pedir su intercesión para servir mejor a Dios.
Desde una perspectiva teológica rigurosa, resultan preferibles expresiones como entrega a Dios bajo la protección de san Miguel, encomienda a san Miguel o acto de dedicación espiritual. La persona no se consagra a un ángel como si el ángel fuera el destinatario último de la vida cristiana; se entrega a Dios y solicita la ayuda de su servidor celestial.




