En la espiritualidad católica, el Corazón de Jesús representa el amor de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, por cada persona. No constituye un objeto de culto separado de Jesús: el honor dirigido a su Corazón se dirige a Cristo mismo. León XIII explicó que la consagración es una ofrenda y compromiso personal con Jesucristo, motivados por el amor infinito que su Corazón simboliza.1
Pío XI describió la consagración como la dedicación a Cristo de uno mismo y de cuanto pertenece a la persona, en reconocimiento de que todo procede del amor de Dios. La práctica expresa, por tanto, tanto la entrega como el agradecimiento por la redención.3
Juan Pablo II precisó que cada fiel debe comprenderla como un acto por el que se entrega y se vincula a Jesús. Esa entrega comporta una participación personal en la obra de salvación y enlaza la devoción con la misión de la Iglesia: llevar al mundo el amor de Cristo y servir a los demás.2



