El rito de la consagración de vírgenes es considerado uno de los tesoros más preciados de la liturgia romana1. Desde los tiempos de los Apóstoles, las vírgenes han dedicado su castidad a Dios, adornando el cuerpo místico de Cristo y enriqueciéndolo con una admirable fecundidad1. La Iglesia, como Madre providente, ha confirmado desde la antigüedad la piadosa y ardua resolución de las vírgenes con una solemne oración de consagración, como atestiguan los Santos Padres1.
A lo largo de los siglos, este rito se enriqueció con otras ceremonias sagradas para significar más claramente que las vírgenes consagradas llevan la imagen de la Iglesia desposada con Cristo, y fue recibido en el Pontifical Romano1. A partir del siglo IV, la entrada en el Ordo virginum (Orden de las Vírgenes) se realizaba mediante un solemne rito litúrgico presidido por el obispo diocesano2,3. Durante la celebración eucarística, la mujer expresaba su sanctum propositum (santa resolución) de permanecer virgen toda su vida por amor a Cristo, y el obispo pronunciaba la oración consecratoria2,3. El simbolismo nupcial del rito se manifestaba particularmente con la imposición del velo por parte del obispo, un gesto que correspondía a la velatio (imposición del velo nupcial) que tenía lugar durante la celebración del matrimonio2,3.
Durante la Edad Media, con el surgimiento del monacato, las vírgenes consagradas se fueron reuniendo gradualmente en monasterios, y la legislación canónica llegó a identificar el estado de vida consagrada femenina con la vida contemplativa de clausura4. El rito de la consecratio virginum, aunque enriquecido en su forma celebrativa, se arraigó menos en la comunidad cristiana, perdiendo la referencia directa a la autoridad episcopal que había sido característica de la era primitiva y patrística4. Esta situación persistió, con muy pocas excepciones, hasta el Concilio Vaticano II4.
El impulso de renovación eclesial del Concilio Vaticano II generó un nuevo interés en el rito de la consecratio virginum y sentó las bases para su revisión, ordenada por la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 801,2,4. El nuevo Ordo Consecrationis Virginum fue promulgado el 31 de mayo de 1970 por la Sagrada Congregación para el Culto Divino, por mandato especial del Papa Pablo VI, y entró en vigor el 6 de enero de 19711,2,4. Este nuevo rito recuperó la tradición eclesial más antigua, permitiendo la consagración de mujeres que permanecen en su contexto de vida ordinaria (in saeculo), según las modalidades del antiguo Ordo virginum2,4.
