Desde tiempos antiguos, las reliquias de los santos y beatos han sido objeto de veneración en la Iglesia, y sus sepulcros, lugares de peregrinación1. Esta veneración se debe a que el cuerpo de los santos, destinado a la resurrección, fue en la tierra templo vivo del Espíritu Santo y un instrumento de su santidad2. Por esta razón, la Iglesia Católica ha desarrollado una disciplina específica para su cuidado, que incluye la verificación de su autenticidad, su preservación y la promoción de su veneración2.
Las reliquias se clasifican tradicionalmente en significativas y no significativas2. Las reliquias significativas incluyen el cuerpo de los beatos y santos, partes notables de sus cuerpos, o la totalidad de las cenizas obtenidas por cremación. Estas deben ser conservadas en urnas selladas y en lugares que garanticen su seguridad, respeten su sacralidad y fomenten su culto2. Las reliquias no significativas son pequeños fragmentos del cuerpo o de objetos que estuvieron en contacto directo con la persona del santo, y deben ser preservadas en estuches sellados si es posible, y honradas con espíritu religioso, evitando la superstición y el comercio ilícito2.
