La constancia es un pilar en la vida del cristiano, manifestándose en diversas dimensiones de la fe y la práctica.
Fidelidad a Dios y a la Fe
La constancia en la fe implica un arraigo sólido en Dios, quien ama y sostiene al creyente. Esta fuente de fuerza interior permite perseverar en medio de los altibajos de la vida y soportar la hostilidad, la traición y los fracasos de los demás. Como señala el Papa Francisco, esta fuerza interior posibilita dar testimonio de santidad a través de la paciencia y la constancia en el bien, siendo un signo de la fidelidad nacida del amor. Quienes confían en Dios pueden ser fieles a los demás, acompañándolos en la ansiedad y la angustia, incluso si no trae una satisfacción inmediata.
San Agustín de Hipona exhorta a asociarse con aquellos que aman a Dios, ya que Él es inquebrantable y hará inconquistables a quienes le aman. Advierte que no se debe poner la esperanza en los hombres, sino en Dios, quien es inmutable.
Constancia en la Oración
La oración constante es una condición necesaria para la vida espiritual. El Hijo de Dios mismo ejemplificó la gran eficacia de la perseverancia en la oración. No se debe caer en el cansancio si, después de orar una o dos veces, no se obtiene lo deseado. La Iglesia enseña que se debe orar sin cesar. Este fervor incansable solo puede provenir del amor, y la batalla de la oración contra la pereza y la apatía es una batalla de amor humilde, confiado y perseverante.
El Papa Francisco, en su catequesis sobre la oración, destacó la importancia de la perseverancia, haciendo referencia al aliento de San Pablo a orar sin cesar (1 Tes 5,17). La tradición ascética rusa desarrolló la «oración del corazón», repitiendo la oración de Jesús hasta que se convierte en el aire que se respira. El monje griego Evagrio comparó la oración con una llama que arde perpetuamente en el corazón mientras se realizan las tareas diarias.
Constancia en el Matrimonio
La fidelidad en el matrimonio expresa la constancia en mantener la palabra dada. Dios es fiel, y el sacramento del Matrimonio permite al hombre y a la mujer participar de la fidelidad de Cristo a su Iglesia. A través de la castidad conyugal, los esposos dan testimonio de este misterio ante el mundo. El pacto matrimonial libremente contraído implica un amor fiel e impone la obligación de mantener el matrimonio indisoluble.
Constancia en las Virtudes y Buenas Obras
La constancia en la persecución del bien es un aspecto clave de la vida virtuosa,. Los cristianos contribuyen a la edificación de la Iglesia mediante la constancia de sus convicciones y su vida moral. La Iglesia crece y se desarrolla a través de la santidad de sus fieles.
San Francisco de Sales subraya que la perseverancia es el mejor don que se puede desear en esta vida, un don que solo se puede pedir a Dios. Para obtenerla, se deben usar los medios que Dios ha dispuesto: la oración, el ayuno, la limosna, los Sacramentos, la compañía de buenas personas y la lectura de la Palabra de Dios. La gracia de Dios es necesaria para una voluntad perseverante, pero esa gracia nunca falla cuando la voluntad actúa según su poder.
San Juan Casiano también enfatiza que se debe perseverar en el cuidado de los pensamientos y aferrarse al Señor con una voluntad mortificada y los deseos mundanos eliminados.
Constancia en la Iglesia y su Magisterio
La Iglesia Católica misma es un ejemplo de constancia. Cristo confirió unidad a su Iglesia desde el principio, una unidad que subsiste en la Iglesia Católica y que no puede perder. La Iglesia siempre debe orar y trabajar para mantener y perfeccionar la unidad que Cristo desea para ella.
El Magisterio de la Iglesia también muestra una enseñanza constante. Un ejemplo de la estabilidad de la fe católica se encuentra en la concordancia de las enseñanzas de los Concilios Ecuménicos (Letrán, Constanza, Florencia y Trento) sobre el misterio de la conversión eucarística, tanto en sus explicaciones doctrinales como en sus condenas de errores.
Cristo, que es la Verdad, quiso conferir a la Iglesia una participación en su propia infalibilidad para preservar la pureza de la fe transmitida por los apóstoles. El Pueblo de Dios, bajo la guía del Magisterio vivo de la Iglesia, «se adhiere infaliblemente a esta fe».