Fundación y primeros obispos
La ciudad de Bizancio, refundada por Constantino el Grande el 11 de mayo de 330 como Nueva Roma, recibió pronto una relevancia eclesiástica proporcional a su estatus imperial. Aunque carecía de tradición litúrgica antigua, adoptó inicialmente las usos de la sede metropolitana de Heraclea. El primer obispo histórico conocido, Metrofanes (315-325), era un simple suffragáneo de Heraclea, sin pretensiones de superioridad.4,5
Durante las controversias arrianas, la sede sufrió inestabilidad. San Pablo I de Constantinopla (ca. 336-350), natural de Tesalónica y diácono de San Alejandro, fue elegido sucesor pero exiliado repetidamente por los emperadores arrianos como Constancio II. Estrangulado en 350 en Cucusus (Armenia), su martirio ejemplifica la fidelidad ortodoxa en tiempos turbulentos.6
Elevación canónica en los concilios ecuménicos
El I Concilio de Constantinopla (381) otorgó a la sede una primacía de honor en Oriente, colocándola inmediatamente después de Roma por ser la «Nueva Roma» (canon 3). Esto reconoció la jurisdicción ampliada de Roma, Alejandría y Antioquía, pero situó a Constantinopla por encima de ellas en dignidad honorífica.1,2
El Concilio de Calcedonia (451) amplió su territorio a las diócesis de Asia Menor, Tracia y Poniente, y la equiparó en privilegios a la antigua Roma (canon 28), aunque Roma rechazó este canon por alterar el orden apostólico. Calcedonia inició la pentarquía: Roma, Constantinopla, Alejandría, Antioquía y Jerusalén, un arreglo estable pero controvertido desde la perspectiva romana, que veía en ello una usurpación erastiana impulsada por el emperador.2,3,5
San Mennas (536-552), consagrado por Papa San Agapito I, combatió el monofisismo y las «Tres Capítulos», apoyando inicialmente al emperador Justino I contra la vacilación del Papa Vigilio. Su postura fue vindicada por el II Concilio de Constantinopla (553).7
