Antes del Concilio Vaticano II, la Iglesia Católica había abordado la cuestión de la revelación y la inspiración bíblica en concilios anteriores, como el de Trento y el Vaticano I, y en encíclicas papales como Providentissimus Deus y Divino Afflante Spiritu1. Sin embargo, el siglo XX trajo consigo nuevos desafíos y desarrollos en la crítica bíblica y la teología. Existía un debate sobre la relación entre la Escritura y la Tradición, y la necesidad de una comprensión más profunda de la inspiración divina y la inerrancia bíblica en el contexto de los métodos de estudio modernos2.
El proceso de redacción de Dei Verbum fue complejo y estuvo marcado por debates significativos entre las alas conservadora y progresista del Concilio3. Inicialmente, un borrador titulado «Sobre las dos fuentes de la revelación» buscaba definir la relación entre Escritura y Tradición de una manera más tradicionalista, presentándolas como entidades distintas4. Sin embargo, este enfoque generó críticas y, tras la intervención del Papa Juan XXIII, el proyecto fue retirado de la agenda3.
Posteriormente, bajo el pontificado de Pablo VI, se reanudó el trabajo, y una nueva subcomisión se encargó de redactar una Constitución Dogmática sobre la revelación. El nuevo título, De Revelatione, permitió integrar la inspiración, la inerrancia y la interpretación de la Escritura en el contexto más amplio de la revelación divina3. Este cambio de perspectiva fue crucial, ya que la inspiración bíblica comenzó a verse como un instrumento utilizado por Dios para establecer registros escritos al servicio de su auto-revelación, en el marco de la «Economía de la Salvación» o «Historia de la Salvación»3.
