El Concilio Vaticano II, convocado por el Papa Juan XXIII y continuado por el Papa Pablo VI, fue un evento trascendental en la historia de la Iglesia Católica del siglo XX. Su objetivo principal fue la aggiornamento, es decir, la puesta al día de la Iglesia para responder a los desafíos del mundo moderno, manteniendo siempre la fidelidad a la tradición. En este contexto, la liturgia fue identificada como un área clave para la renovación, ya que es el medio por el cual los fieles se encuentran más directamente con Cristo y la vida de la Iglesia.
La preparación de Sacrosanctum Concilium comenzó el 12 de noviembre de 1960, con una comisión que elaboró tres borradores. El borrador final fue votado el 13 de enero de 1962 y firmado el 1 de febrero de 1962. Este esquema, conocido como Schema Constitutionis de Sacra Liturgia, incluía declaraciones y notas explicativas que ayudaron a comprender la intención del Concilio. Aunque la Constitución no pretendía definir dogmáticamente nuevas verdades, sí buscaba proponer normas generales y principios prácticos basados en fundamentos doctrinales para la renovación litúrgica1.

